—¿Esa letra? ¡Cielos! los traidores la han fingido.
—¿La han fingido, señora?
—Para perdernos, sí.
—¿No es vuestra? ¡Crédulo yo, insensato! ¡Cierto es, pues, lo que Jaime me asegura...!
—Todo, sí, todo es cierto: huid; no os quiero ver: os aborrezco.
—¿Me aborreceis? Pues bien, nos perderán. Ya su triunfo es completo. ¡Pérfida! añadió despues de haberla contemplado un momento. ¿De esta suerte pagais mi generosidad? ¡Tres años de silencio! Hablo, por fin, hablo para ofreceros mas generosidad, mayor sigilo aun, amor mas grande ¿y no os ocurren en pago sino pérfidos medios de engañarme? Sed noble, señora, hasta en la perfidia misma. Medios hay aun de ser noblemente malo. ¿Sois veleidosa? ¿Por qué no me decís: “Macías, soy muger? ¡Plúgome vuestro amor, mas hoy me cansa! No es para mí, que es harto grande.”—Yo agradeciéra vuestra nobleza entonces.
—Acabemos, Macías: no mas reconvenciones, no. Idos, y nunca mas volvais. Toda comunicacion, todo vínculo es roto entre nosotros. Si prendas teníais de mi amor, si insistís en creer que mis ojos, mi lengua, mis acciones os prometieron algo, en buen hora creedlo; devolvedme, empero, mi libertad...
—¿Qué os la devuelva, señora? Volvedme vos la dicha, volvedme la confianza.
—¡Qué suplicio! por piedad, partid.
—¿Partid? ¡Qué delirio! Mi vida hoy, ó mi muerte. No os creo ya: nada espero de vos. Todo de mí. Oidme.