—¡No le ha encontrado el page! esclamó Elvira. ¡Ah! si Hernan... oid... doncel... Nadie responde... y el ruido continúa. ¡Cielos! no es aqui: no es en la puerta. ¿Dónde pues, dónde? Aqui, esclamó llegando á la ventana; en esta parte están. ¿Qué intentan? Esta reja se abre; pero la llave... la llave debe tenerla el alcaide del alcázar... ¡La abren, Dios mio! continuó escuchando con la mayor ansiedad. Huid, huid, quien quiera que seais.

—¡Bien mio! respondió el doncel abriendo completamente la reja, y dando con su espada en la madera, que quedaba cerrada todavia.

—¡Ah, es él, es él! y soy perdida. Yo misma me he encerrado, gritó Elvira arrojándose sobre un sillon al tiempo mismo que la madera, destrozada por los furiosos golpes del doncel, cedian á su irresistible fuerza.

—Yo soy, Elvira, yo soy, dijo Macías arrojándose á los pies de su amante. Mil obstáculos he tenido que vencer; no pensé alcanzar á la altura de esa reja, que he debido escalar con la espada en la boca. Ya estoy en fin, aqui, bien mio, y á tus plantas.

—¡Ah! no; salvaos por piedad, y salvadme á mí. Macías, cada palabra que hablamos es una palabra de abominacion; el tiempo es precioso y le perdemos.

—¿Perderle yo á tu lado?

—Cesa ya, y parte.

—¿Me llamas, señora, para escuchar de nuevo tus rigores?

—¿Yo os llamé? Macías.

—¿Qué escucho? dijo levantándose. ¿Cuya es, pues, esa letra?