Dichas estas palabras continuó el doncel su camino, pidiendo á su señora en su borrascosa imaginacion mil perdones por la ligereza con que la habia inculpado, en aquel momento mismo en que acababa de darle, segun él, la prueba mas singular de su constancia y fidelidad.

Llegó el page entre tanto á Elvira, y refirióle lo ocurrido. Mil y mil ideas se cruzaron en la imaginacion de la desdichada. Deseosa, sin embargo, de aclarar aquel misterio, y bien decidida á no esponerse de nuevo al peligro que no podia menos de correr con el arrebatado doncel. ¡Jaime, dijo, quiero salvarme á toda costa! Le amo, le amo con furor, y el infeliz lo sabe. No le vea, no le hable. Mi honor es lo primero. Juzgue de mí lo que quisiere. Escucha. Yo de mí misma desconfio y tiemblo. Sus ruegos pudieran vencerme. Por otra parte, esa cita solo puede ser un artificio... acaso una horrible maquinacion; un lazo que nos tienden. Mira: toma esa llave, y ciérrame por fuera, de esa manera no le podré yo abrir aunque sus ruegos me ablandáran. Corre en seguida en su busca. ¿Dónde iba?

—Bajaba la escalera del alcázar.

—¡Soy feliz! Todavia no viene en mucho tiempo. Búscale, Jaime, búscale. Dile que es inútil; que nunca le he citado; que es mentira; que su vida peligra; que está Fernan conmigo... lo que quieras. Que no venga, y lo demas no importa. ¿Qué seria de mí si Hernan...? ¿Será él por ventura, será él el que de esta suerte intenta...? ¡Qué horrible maquinacion!—Hizo Jaime lo que su hermosa prima le rogaba con no poco miedo de verse metido á su edad en tan gran laberinto de riesgos y de intrigas, pero con toda la decision al mismo tiempo de que es capaz la fidelidad.

—¡Otra vuelta! dijo Elvira al page, que cerraba ya por defuera. Así: ¡á Dios! Si mi esposo viene, él tiene otra llave. ¡Yo os doy gracias, Dios mio, añadió prosternándose con cristiano fervor; yo os doy gracias, Señor, por el peligro de que me habeis librado!

Apenas habia acabado de decir estas palabras, cuando se dejó sentir en la parte de afuera de su habitacion un rumor, estraño ciertamente á aquellas horas y en aquel sitio tan solitario.

—¿Qué oigo, Dios mio? ¿Qué oigo?

—¡Elvira! dijo una voz que asi parecia bajar del cielo como salir de alguna profunda cueva. ¡Elvira!

—¿Quién me llama? añadió la asustada dama corriendo hácia la puerta para asegurarse de que estaba bien cerrada.

—¡Macías! respondió la voz sordamente, y resonaron dos ó tres golpecitos dados con cierto misterio é inteligencia.