—Poco, señor.
—¿Es esa? dijo Macías acercándola á un farol de la escalera inmediata.
—Paréceme que... sí... cierto; yo á lo menos... verdad es que yo no sé escribir. Yo soy mal juez.
—¿Cuándo dijo lo que me acabas de referir?
—Aquel dia mismo.
—¡Respiro! Algún objeto llevaria. Vuela á tu prima, Jaime: dile que me diste ese recado, y que respeto sus motivos. Escucha. Con respecto á su cita, dile que antes de una hora...
—¿Cómo? ¿os cita?
—¡Silencio!
—¿Y os quejábais vos? Decid entonces que el engañado he sido yo. Ya me encargaré yo de esos recaditos en adelante, para que me cuesten una oreja el dia menos pensado, y que la señora luego... ¿Es posible, señor caballero, que han de engañar las mugeres hasta á sus mayores amigos? ¡A todo el mundo, señor, á todo el mundo!
—¡Ea! ¡Silencio! y separémonos. Nada digas, nada hables. En estos asuntos, Jaime, la palabra escapada revuelve sobre el que la dijo, y las imprudencias se pagan con la vida. ¡A Dios, á Dios!