—Nada: no os aflijais. Mirad: las mugeres son... vos lo conoceis mejor que yo...

—¿Qué hablas, pagecillo? Acaba.

—¡Ah! no: si os enfadais... tranquilizaos, y os diré...

—¡Acaba por Santiago! Juro por el infierno que estoy tranquilo.

—Me dijo, pues, contestó el page aterrado de la estraña tranquilidad del doncel, que si volvíais, se os dijera que no estaba.

—¿Eso dijo? ¡Perfidia! ¡perfidia sin igual! ¿Y no lloró al decirlo, no tembló, miserable? Sed generoso con las damas: creed, creed un solo punto. ¡Salvad mi honor, huid, y volvereis; que os amo, dijo, y todo fue mentira! ¡Y yo salí y obedecí! ¡Necio! ¡insensato! ¡Ah! ¡maldecida generosidad! Page, ¿me engañas? prosiguió despues de una breve pausa, en la cual dió mil vueltas al pergamino que le acababa de dar el astrólogo. No pudo decir eso: tú burlas mi dolor, y tú...

—¿Yo, señor, yo? Me obligareis á deciros lo que añadió...

—¿Qué añadió, santo Dios?

—Pues mirad, añadió que se os dijera á vos mismo que ella habia dado aquella orden.

—¿Eso? ¿Ella? ¿ella misma? ¡O ultraje! ¡ó rabia! Page, ¿conoces tú su letra?