—¡Señor caballero! repuso el page no menos admirado y satisfecho. Buena la hicísteis la mañana pasada. ¡Ah! otra vez ved de ser mas prudente.

—¿Acaso Elvira...?

—Mirad, eso nada sabré deciros, sino que desde entonces esposo y esposa se tratan de una manera... La señora pasa llorando los dias, y el señor rabiando las noches... la casa es un infierno. Felizmente á mí nada me tocó de lo que merecia. Pero á propósito, gózome de encontraros. Díjome mi hermosa prima...

—Mas bajo.

—No, no hay peligro.

—¿Qué te dijo?

—Que si volvíais alguna vez, como habíais dejado prometido...

—¡Como ella misma...! querrás decir...

—Sí, bien... como gusteis.

—¿Y qué?