—¿No decia yo? repuso triunfante Nuño; ¿no decia yo? ¡entrar en el castillo! ¿entrar? Como gusteis, añadió volviéndose hácia la puerta por donde ya habia salido Peransurez con el desconocido, como gusteis, seor guardabosques; pero paréceme que haríais mejor en guardar vuestra lengua para contar esos propósitos á un muñeco de seis años, y vuestro valor para los raposos del monte.
Una larga carcajada de la concurrencia acogió benévolamente el chistoso destello de ingenio del triunfante posadero: en vano quiso el comensal de Peransurez defender á su amigo citando hechos de valor, y atrevimientos suyos de bulto y calibre. Quedó por entonces convenido que el que quisiera beber vino y comer embuchados no debia aguardar á que entrase Peransurez en el castillo, cosa reputada tan imposible realmente, como entrar en vida en el purgatorio, segun la feliz espresion del hostalero, que se repitió de boca en boca, y que hizo reir á todos á costa del montero, que habia abandonado el campo de la apuesta al enemigo con notable descrédito de su honor y de su buena fama y reputacion.
CAPITULO XXXIII.
Bien sabedes, vos, señora,
que soy cazador real;