caza que tengo en la mano

nunca la puedo dejar.

Tomárala por la mano

y para un verjel se van.

Rom. del conde Claros.

¿Vos, Hernando, en Arjonilla? dijo Peransurez en cuanto se vieron apartados del ventorrillo todo lo que hubieron menester para no ser de nadie entendidos. ¿Podeis esplicarme cómo habeis dejado el lado del doncel Macías, á quien serviais no ha mucho, si mal no me acuerdo?

—Largo es de contar, amigo Peransurez, repuso Hernando deteniéndose en un ribazo enfrente del castillo, desde el cual se descubria todo él perfectamente. Pero si no teneis prisa en este instante, si podeis atender á la llamada de mi vocina, os referiré cosas que os admiren, y vereis si tenemos monte y venado en abundancia, lo cual haré con tanto mas gusto, cuanto que me habeis prometido ayudarme en la montería que me trae á este bendito lugar.

Refirió en seguida el montero Hernando, lo mejor que pudo y supo, cuanto dejamos en nuestros tres tomos anteriores relatado, ó á lo menos toda la parte que él sabia, que era lo muy bastante para poner al corriente á cualquiera de los negocios del doncel. Al llegar al punto donde dejamos nosotros á nuestros héroes al fin de nuestro capítulo 31, prosiguió Hernando en la forma siguiente:

—Habeis de saber, Peransurez, que desde el ojeo que dieron á mi amo en el soto de Manzanares aquellos desalmados siervos del conde, recelábame yo de cuanto nos rodeaba, y habíame propuesto no soltar la oreja de mi amo, el doncel Macías. Cuando llegó, sin embargo, la nueva del alumbramiento de nuestra señora la reina doña Catalina, un maldecido sarao hubo de darse. Ni podia entrar yo alli, ni mi leal Bravonel. Viendo con todo que tardaba ya el doncel en demasía, salí á esplorar el monte, y á ojear los alrededores del alcázar. En ese tiempo ¡voto va! debió de volver mi amo á nuestra cámara, porque cuando yo regresé faltaba un tabardo de velarte que primero no llevara y su espada. Volví á salir, y cansado de no hallarle, ocurrióme que acaso fuera de la villa y debajo de las ventanas de Elvira, que dan sobre la plataforma, podria estar el melancólico caballero tañendo su laud, y cantando alguna balada á la señora de sus pensamientos. Dirigí hacia allá, Peransurez, mi jauría, y al llegar ¡voto á san Marcos! hallé rastro. Un ruido estraño me habia llamado la atencion á alguna distancia: conforme nos acercábamos Bravonel y yo, habiamos oido algunas voces confusas, y pasos luego de caballos. Llegamos, y veíase abierta la reja de la cámara de Elvira. Dos ó tres piedras enormes, y colocadas una sobre otra, parecian indicar que acababan de servir de escala á algun atrevido caballero para alcanzar á la reja. A poco rato de observacion parecióme que andaba alguien en la habitacion con una luz en la mano: ocultéme debajo de la reja lo mas arrimado que pude á la pared: el que era se asomó efectivamente, y al resplandor de la luz que llevaba en la mano ví relucir en el suelo dos trozos de una espada rota. ¡Esta es la osera! dije para mí: no bien se hubo apartado el de la luz, que no pude ver quién fuese, reconocí los trozos; era la espada de mi señor. ¿Lo habrian muerto? No, porque estuviera alli su cuerpo, y porque le hubiera olfateado mi leal Bravonel, y hubiera puesto en los cielos el ahullido. ¿No es verdad, Bravonel? preguntó Hernando á su hermoso alano, que echado á su izquierda parecia escuchar atentamente la relacion del montero. Al oir esta pregunta, alzóse Bravonel en las cuatro patas, lamió la mano que lo acariciaba, como si quisiese dar á entender á su dueño que no se equivocaba en el buen juicio que acerca de su fidelidad acababa de emitir, dió una vuelta en derredor sobre sí mismo, y volvió á colocarse, poco mas ó menos, como estaba antes de la estraña interpelacion. ¡Bravonel! dije entonces á mi alano, el rastro, el rastro del doncel.

Entendióme el animal, Peransurez; ¡admirable Bravonel! No bien le hube dicho aquella breve exhortacion, comenzó á olfatear la tierra, y antes de dos minutos ya se habia decidido por una senda. Quise probar, sin embargo, la certeza de la huella, y aparenté ir por otra, gritando siempre: “¡El doncel, el doncel!” Viéraisle entonces correr á mí, echar por la otra, ladrar, ahullar, tirarme, en fin, de la ropa con los dientes. ¡Ah! ¡Bravonel, Bravonel, luz de mis ojos! añadió el montero abarcando con la mano el hocico del animal, é imprimiendo en él un beso, mas lleno de amor y de cariño que el primero que da un amante al tierno objeto de su pasion. ¡Bravonel! el que no ha tenido un perro, no sabe lo que es querer, y ser querido. ¿Qué sirve la muger? la muger equivoca siempre la senda, la muger empieza por montear al venado de casa, y el perro no engaña nunca como lo muger. ¡Bravonel, juntos hemos vivido, y juntos moriremos!