Finalmente, otra entrada tenia la prision del doncel. Una escalerilla de caracol la ponia en comunicacion con una larga galería interior del castillo; pero una puerta de hierro sumamente pequeña y cerrada por defuera con pesados cerrojos y candados, cuyas llaves poseía solo el alcaide, imposibilitaban por esta parte toda esperanza de evasion. Un mal lecho habia sido dispuesto á ruegos del prisionero en la caverna, y habia conseguido por favor singular que le dejasen el pequeño laud que á la espalda como trovador llevaba cuando su cita amorosa. Con él divertia su amarga posicion pulsándole blandamente, y regándole con sus acerbas lágrimas, los ratos que no escribia en las paredes con un punzon alguna tristísima endecha, dirigida á la ingrata señora de sus pensamientos, cuyo rigor le habia puesto en tan lastimero trance.
La habitacion que por ser la mejor y la mas espaciosa se habia reservado el alcaide, y que se habian repartido á la sazon Rui Pero y Ferrus, se hallaba en el piso bajo de la torre de que hemos hablado. Un salon anchuroso, adornado con varios trofeos y armas suspendidas en las paredes, era el departamento principal. Una larga mesa estaba clavada en medio: el hogar ardia en la cabecera de la sala, y en el estremo opuesto un aparador ó bufete encerraba la vajilla estilada en aquel tiempo para el servicio de la mesa.
Al anochecer del dia en que nos encuentra nuestra historia, dos hombres arrellanados en dos grandes poltronas de baqueta española, la mas apreciada entonces en Europa, conversaban tranquilamente uno enfrente de otro, y separados por la mesa como si hubieran necesitado de un cuerpo intermedio para no reñir. Asi parecia indicarlo su gesto displicente. El uno era Ferrus. En su rostro brillaba la satisfaccion petulante de un hombre que ha llegado á ocupar un destino superior á sus méritos y esperanzas. El otro era Rui Pero. Su continente era el de un hombre por el contrario herido en lo mas delicado de su amor propio por un disfavor no merecido, y habíaselas con el emancipado juglar, como podria habérselas un general acreditado por sus servicios y conocimientos con un guerrillero á quien hubiese igualado con él la fortuna.
Una lámpara suspendida del techo iluminaba los rostros de entrambos, y los iluminaba mejor una alta vasija, cuyo preñado vientre vaciaba de cuando en cuando en dos anchas copas cierto jugo vivificador que embaulaban nuestros dos interlocutores á tragos repetidos en su cuerpo como en un cubo desfondado.
—¿Cuando pensais partir, señor Rui Pero? preguntó Ferrus despues de uno de estos tragos, paladeando todavia el licor de Baco.
—¿Habeis tomado ya, señor juglar, repuso Rui Pero, es decir, señor Ferrus, alcaide del castillo de Arjonilla, las instrucciones que habiais menester?
—Estoy tan apto, señor Rui Pero, para desempeñar la alcaidía de este famoso castillo, como el mejor camarero de Castilla, contestó Ferrus picado.
—En ese caso, señor tal alcaide, pasado mañana al lucir el alba me pondré en camino para la corte, si no manda otra cosa vuestra señoría.
—Gracias, señor Rui Pero.
—¿Habeis mandado relevar las centinelas esteriores de la muralla, y las dos de las torres, y de la galería interior del preso?