—Bien sabeis, contestó Ferrus, que no es ese cargo mio mientras esteis vos en el castillo. Y espero que no me comprometereis con mi amo el señor conde, ni querreis faltar al deber...
—No acostumbro á faltar á mis deberes, señor Ferrus; yo voy por lo tanto á disponer...
—Esperad. Supongo que seguís con el cuidado de emplear en el servicio de centinelas los ballesteros que ignoran completamente la calidad de los prisioneros. De otra suerte...
—No habeis menester suponerlo, dijo apurando su copa Rui Pero; bastará con que lo creais á pies juntillas. Ademas, ya habreis conocido que necesita habilidad para escaparse el preso que tal intente hallándose encerrado en la prision de la zanja.
—Sí, segun me habeis dicho, no conociendo el secreto del rastrillo, solo la muerte seria el resultado de la menor tentativa de evasion. Admirable construccion la de este calabozo. ¿Y quién construyó...?
—¡Silencio! dijo Rui Pero al ver entrar un tercero en la sala, y gozoso de poder dar una leccion de prudencia al inesperto Ferrus. ¿Qué quereis vos? añadió dirigiéndose al estraño.
—Señor alcaide, respondió el faccionario que acababa de entrar, han llamado al castillo dos caminantes fatigados...
—A nadie se da hospedage, repuso Rui Pero mal humorado.
—Lo sé, señor alcaide. Pero advierta vuestra merced que no son caballeros ni hombres de guerra. Son dos reverendos padres, que piden albergue por esta noche.
—¿Y por qué no lo buscan en Arjonilla?