Otro gemido mas prolongado resonó de alli á poco, y el ruido de una cadena arrastrada por el suelo se prolongó hasta el infinito en el oido del infeliz.
—¡Santo Dios! decia el soldado, y persignábase tan de prisa como si fuese la última vez que habia de persignarse en su vida, y sin apartar los ojos del punto de donde él se figuraba que salia el ruido.
En esto estaba á la orilla de la escalera, y vuelto de espaldas á ella, cuando dos manos de hierro, apoderándose de sus piernas, le levantaron en alto.
—¡Perdon, señora Zelindaja, perdon! clamó con voz medio ahogada el miserable, y pasando por encima de la cabeza de un padre Francisco, á quien no tuvo siquiera tiempo de observar, cayó rodando de espaldas por la escalera, hasta una puerta que habian cerrado tras sí nuestros aventureros, donde quedó casi exánime y sin sentido.
—¿Hay mas? dijo Peransurez mirando á todas partes.
—No, repuso Hernando: aquella debe ser su prision: ¿no oís una cadena?
—Él es; apresurémonos. Sacando en seguida el manojo y llegando á la puerta comenzaron á probar llaves en la cerradura. Abrió, por fin, una de las mas gruesas, y entrambos se precipitaron dentro de la prision, igualmente impacientes de dar libertad al encadenado doncel.
Una lámpara mortecina lucia siniestramente sobre un pedestal.
—¡Basta, crueles, basta ya! esclamó una voz penetrante, arrojándose á sus pies al mismo tiempo, con todo el desorden del dolor y de la desesperacion, una figura cadavérica vestida de negras ropas.
Dificil fuera pintar el asombro de nuestros dos reverendos al ver venir sobre ellos aquella estraña sombra, que no era otra cosa lo que á su vista se ofrecia, y el sobrecogimiento de la víctima luego que paró la atencion en sus nuevos huéspedes; de tan distinta especie que los dos hombres que hasta entonces habian solido visitar su encierro para traerla el alimento.