—Religiosos, Santo Dios, religiosos, esclamó ésta. Habeis oido, señor, por fin mis oraciones, y el bárbaro me envia estos emisarios de vuestra palabra divina para ausiliarme en los últimos momentos de esta vida miserable. Lo acepto, señor, lo acepto.

Un mar de lágrimas corrió de los ojos hundidos de la encarcelada, que abrazaba con religioso fervor el hábito de Hernando: éste, inmóvil en su puesto no sabia qué interpretacion dar á aquella horrible escena. Todo el valor de Peransurez le habia abandonado; creíase efectivamente delante de la encantadora mora, y estaba ya á dos líneas de maldecir en su corazon su osadía y su malhadada incredulidad.

Repuesto algun tanto Hernando de su primera sorpresa, hízose atras cuanto pudo, desviando su hábito del contacto de la infeliz. Ésta, levantando entonces la cabeza, y sacudiendo sobre los hombros una larga cabellera, único resto de su antigua hermosura, quedó mirando largo rato á nuestros amigos sin atreverse á proferir una palabra.

—Quien quiera que seais, dijo por fin animándose Hernando, y descubriendo su rostro, ser de este mundo ó del otro, mora ó cristiana, hablad: ¿qué nos quereis?

—Hernando, ¿sois vos? esclamó la víctima levantándose, despues de haber mirado largo rato con la mayor duda y agitacion al montero espantado. ¡Ah! no, continuó, ¡Hernando era montero! y volvió á caer en el mismo estupor.

No pudo menos Hernando al oirse nombrar por la fantasma, como un antiguo conocido, de fijar mas en ella la atencion; y agarrando con una mano á Peransurez, que á su derecha y un poco detras de él estaba,—¡Cielos! esclamó sin apartar los ojos de la figura negra. Dejadme; ¿seria posible?

—¡Ah! conocedme, sí, gritó levantándose y asiendo la lámpara la infeliz, conocedme si me habeis visto alguno vez; hé aqui en mi rostro los efectos de su barbarie; no soy la misma ya: no soy hermosa... el llanto, el dolor me han afeado. Miradme bien, miradme, prosiguió acercando la luz á su semblante.

—¡Ella, ella es! Peransurez, salvemonos, gritó Hernando retrocediendo.

—¿Adónde? no: ¿adónde? Deteneos. Yo saldré tambien con vosotros.

—¡Vivís aun, señora! esclamó Hernando al sentirse detenido por la víctima ¿vivís?