—Vivo; sí, vivo para llorar y padecer: tocadme aun si lo dudais.
—¿Es falsa vuestra muerte? ¿Sois vos, señora?
—¿Mi muerte decís? preguntó la desdichada. El bárbaro la ha propalado. ¡Justicia, señor; misericordia! añadió levantando los ojos al cielo. Por piedad continuó, ¿quién sois el que tanto os pareceis al montero de don Enrique? ¿Qué os trae á esta prision?
Hernando, sumido en el mas profundo letargo, apenas reconocia debajo de aquella palidez y cadavérico aspecto á la hermosa que tantas veces habia visto triunfante en el mundo de lujo y de belleza.
—¡Monstruo! dijo por fin para sí: ¡monstruo abominable!
—¿Quién sois? acabad; y ¿qué quereis? tornó á preguntar la encerrada: ¿venís á prolongar mis males, á remediarlos por ventura?
—A salvaros, señora, repuso Hernando. Conocedme ¡voto va! El montero Hernando, señora, os ha de sacar de esta maleza.
—¿Con que no me habia engañado? ¡Ah! Decidme, ¿por qué feliz azar os veo, y cómo en ese trage?
—El montero de ley, señora, no caza siempre del mismo modo: dejemos para mejor ocasion ese punto. Ved que necesitamos salir del monte. ¡Ea! Venid con nosotros.
—¿Con vosotros? Adónde: ¡ah! no me engañeis. Mas facil es que me mateis aqui. ¿Qué resistencia puedo oponeros? Si sois tan crueles como todos los que hasta ahora he visto en este castillo...