No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela.
—¡Ese es quien va! respondió Hernando lanzando su venablo, el cual fue recto á clavarse, silbando por el aire, en el pecho del faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento.
—¡Ay! gritó la compañera de nuestros aventureros apartando rápidamente los ojos del que acababa de caer.
—Silencio, señora, silencio, dijo Peransurez: dejad la piedad para despues. Plegue al cielo que no hayamos alarmado ya algun otro centinela con este intempestivo ruido.
—Vengan en hora buena, dijo Hernando, caliente ya con el feliz éxito de su tiro certero. Inclinándose en seguida sobre el cuerpo del caido, púsole un pie en el pecho, y sacó de él su venablo ensangrentado con la diestra mano. El venablo al salir del cuerpo dejó libre el paso á un surtidor de sangre que salpicó á Hernando; y á poco el infeliz habia ya espirado.
Vencida esta primera dificultad, examinaron la posicion, y no les quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían servia de puerta á la prision del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿cómo soltar el rastrillo? Perplejo Hernando miraba á una parte y á otra, mordíase los dedos, y daba al diablo todas las fatigas de la noche. Pensar en tomar el opuesto lado del castillo, volviendo por donde habian venido para probar la otra entrada que deberia tener forzosamente la prision, era caso imposible, en vista sobre todo de la hora avanzada.
—¡Voto va! dijo por fin Hernando. Dénme á mi la fiera en el campo; pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo! ¿Y hemos de quedarnos aqui, para ser presa de esos perros judíos, que quedan en el castillo, en cuanto amanezca?
Su posicion tenia mas dificultades de las que á primera vista habian creido encontrar. Sin embargo, fue preciso deliberar; y por último, Hernando decidió que lo mas acertado seria probar á salir Peransurez y la bella á favor de su disfraz, quedando él con su alano en aquella posicion. Oponíanse los otros á esta generosa determinacion; pero Hernando los convenció, probándoles que si á la mañana no habia logrado ponerse en comunicacion con el doncel y salvarle, ó saltaria la muralla y pasaria el foso á nado con su perro, ó retrocediendo al salon de la torre se haria rehenes y prenda de seguridad al mismo Ferrus, que probablemente deberia permanecer en el mismo estado, pues no se habia dado la alarma en el castillo en toda la noche. Fueron tales, por último, sus ruegos y sus amenazas, que fue preciso ceder á ellas. Importaba mucho en verdad que saliese alguien del castillo; fuera ellos, nada les seria mas facil que volver con socorro; y la presencia sobre todo de la ilustre prisionera en la corte debia hacer variar completamente la posicion del doncel y de Hernando, aun dado caso que quedase preso. Este, en fin, se aferró en decir que él no saldria del castillo sino muerto ó con su amo; lo mas que pudo conseguir de él Peransurez fue que quitándose su trage de montero vistiese la ropa del muerto centinela, y que quedase en su lugar. Si se le relevaba antes del alba, como era de pensar, acaso no seria reconocido y entre tanto tenia aquella probabilidad mas de salvacion. Hízolo asi Hernando, y arrojando sus vestidos y el cuerpo del vencido en la zanja con un pie, dió algunas instrucciones á Peransurez acerca de lo que deberia hacer en saliendo del castillo y en llegando á la corte.
Despidiéronse en seguida, como aquellos que acaso no habian de volver á verse. Peransurez y su compañera, ocultando su rostro bajo su capucha, siguieron la senda que debia conducirlos forzosamente á lo largo de la muralla hasta la puerta principal y puente del castillo, donde era mas que probable que no hallasen obstáculos á su salida, siendo como era ya la hora que habia dejado advertido Ferrus la noche anterior que se abriese á los padres descaminados; y donde los dejarémos para acudir adonde nos llaman otros personages, no menos interesantes de nuestra historia.
Solo podemos añadir para sacar algun tanto á nuestros lectores de la incertidumbre en que los dejamos, bien á nuestro pesar, que hácia aquellas horas, pero sin que hayamos podido averiguar si antes ó despues, el gefe del destacamento, que guardaba la puerta principal del castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de cuya ausencia total durante la noche estaba no poco admirado. Subió, pues, al salon que se habian reservado Rui Pero y Ferrus, y en vano llamó repetidas veces. Asombrado de esta circunstancia, no dudó en reunir algunos hombres, los cuales quebrantaron con sus hachas de armas la cerradura, y les dieron entrada en el salon. Alli fueron encontrados amordazados, en la misma forma singular que los dejamos, Ferrus y Rui Pero mirándose todavia, y sin dar otra respuesta á las preguntas del gefe que un sonido desigual ronco y desapacible, muy semejante al ruido gutural que produce un sordo-mudo para mover la pública conmiseracion. Desatóse á los alcaides, dióse la alarma, y en pocos minutos era el castillo todo un teatro de actividad dificil de pintar: corrian unos sin saber adónde, ni de qué enemigos se habian de guardar; tocaban algunos vocinas en son de guerra; preparaban otros sus armas; recorríanse las escaleras y galerías; oíanse votos y juramentos, pésames y proyectos de venganza, abríanse unas puertas, derribábanse aquellas cuyas llaves habian echado por dentro nuestros atrevidos paladines... en una palabra, era el castillo todo desorden y confusion. Nuestras leyendas, empero, tan prolijas por lo regular en todos los pormenores de sus relatos, parecen haberse descuidado sobremanera en esta ocasion; pues ni una sola palabra dicen por la cual podamos inferir, sospechar ó barruntar siquiera si cuando se dió esta alarma en el castillo habian salido ya al campo los fugitivos, ó si fue ocasion de que su intento se malograse. Lo cual prueba, ademas de otras muchas cosas que no son de este lugar, que no es tan facil el oficio de historiador y cronista como generalmente se cree, sobre todo si no ha de dejarse olvidada ninguna de las circunstancias que pueda anhelar saber el impaciente lector.