No asi al tierno amante, mas fino, se trata.
No quepa en tu pecho tan grande falsía.
Dolor no se vuelva lo que era alegría.
Mas ¡ay! si en mi pena no alcanzo consuelo,
si en vano mis quejas se elevan al cielo,
¡llorad ¡ay! mis ojos, llorad noche y dia!
Callaron al llegar aqui los lúgubres acentos de la cantilena, que habia arrancado lágrimas de los ojos de aquellos que silenciosamente la habian oido.
Seguros de que habian llegado al término de sus esperanzas, diéronse prisa á abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en pocos minutos se hallaron al pie de la torre. El primero que salió fue el terrible alano, el cual no bien salió al aire libre cuando comenzó á ladrar dirigiéndose á un objeto que se hallaba arrimado á la pared.
—¡Bravonel! dijo Hernando, ¡Bravonel! vamos, silencio.
—¿Quién va? preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su ballesta contra el montero, que salió el primero á contener á su perro.