El poder le dió sin falla

á don Ozmin su vasallo,

y escusóse de batalla

con cinco mil de caballo.

Historia de Alonso XI, escrita en coplas redondillas.

Dos mil vidas diera juntas

por ser el desafiado.

Batalla de Rugero y Rodamonte.

Curiosos estarán nuestros lectores, si es que hemos sabido hacerles interesantes los personages de nuestra desaliñada narracion, de saber el estado de la desdichada Elvira, á quien dejamos con la reja de su cámara abierta, ella desvanecida en tierra, y abriéndose su puerta para dar entrada al pagecillo, ó á su mismo esposo, únicos poseedores de la llave. Mucho sentimos que la complicacion de sucesos, que bajo nuestra pluma se aglomeran, no nos haya permitido sacarlos antes de tan incómoda duda; pero todavia sentimos mas que el tiempo, que todo lo devora, nos prive aun ahora del placer de satisfacerlos completamente. Recordarán, sin embargo, en disculpa nuestra, que cuando se abrió la puerta de la cámara, Elvira estaba desmayada, y nada por consiguiente pudo ver de lo que en torno suyo pasaba: el que entró nada contó nunca, razon que tenemos para sospechar que fue Hernan Perez, á quien no le podia convenir que nada de ello se supiese; y el cronista de aquellos tiempos, el famoso Pero Lopez de Ayala, se hallaba en el sarao, y nada trae tampoco por consiguiente en sus escritos de semejante escena. Por los resultados que esta tuvo, volvemos á repetir que debió de ser Hernan Perez. Hubo quien aseguró que habia visto hablar al astrólogo con él mucho despues de haber vuelto á entrar éste en el alcázar y como ya conocemos la mala intencion del judío; y es de presumir que alarmase al marido acerca de lo que en su cámara pasaba; la reja abierta, la puerta cerrada y el estado de Elvira debieron acabar de abrir los ojos á Hernan Perez acerca de lo que alli podia haber ocurrido.

Lo único que podremos afirmar es que Hernan Perez de Vadillo, de resultas sin duda de la violenta escena que debió tener con su esposa, decidió aquella noche misma su separacion; buscó á su alteza, y le espuso con voz trémula y agitada como sabia que su esposa era la acusadora de don Enrique de Villena. Añadióle que él habia recibido del conde de Cangas la rara prueba de confianza de que pudiese en su nombre defender su parte en el combate; suplicóle en vista de ello que tomase á su cargo la acusadora; y por mas que se hizo para averiguar la causa de tan extraña conducta, solo se pudo sacar en limpio de las cortadas razones de Hernan Perez que éste habia tenido un rompimiento con su esposa; advirtióse desde entonces que cuanto hablaba eran palabras de aborrecimiento y execracion, y dirigidas á adelantar el plazo del combate, de resultas del cual debia él morir ó morir Elvira. El odio mas reconcentrado y profundo habia succedido en su corazon al amor conyugal. No se pudo negar don Enrique el Doliente á la justa demanda del ofendido Hernan, y en consecuencia encargó al judío Abenzarsal de la custodia de Elvira, la cual pasó á poder de éste con su inseparable pagecillo aquella misma noche. Decidióse al mismo tiempo que se verificaria el combate, donde quiera que estuviese la corte, al quinceno dia, por cumplirse entonces el plazo que habia dado su alteza al justicia mayor Diego Lopez de Stúñiga para presentarle el reo de la muerte de doña María de Albornoz. Si éste le presentaba con las pruebas legales del delito, escusaríase la prueba del combate. De lo contrario, no quedando otro medio que recurrir al juicio de Dios, seria aquel inevitable.