Con respecto á Elvira, solo diremos que desde aquella funesta noche en valde intentó tener con su esposo una esplicacion: negóse éste á todas sus demandas, y la infeliz, sumida en la mayor desesperacion, esperó en un continuo llanto y congoja el dia en que habia de desenlazarse tan terrible drama, y en que habia de verse espuesta á los riesgos de un combate por causa suya, y por una imprudente generosidad, que no era ya tiempo de remediar; la vida de su desdichado amante, si es que éste no habia perecido ya, como tenia motivos para creerlo, en la funesta noche de su última entrevista.
Puesta á recaudo como estaba, y no permitiéndosele comunicacion alguna sino con el page, solo pudo saber en el particular lo que todo el mundo sabia, esto es, que el doncel habia desaparecido, cosa que no daba poco que decir en la corte. No se le podia ocultar á Elvira que cualquiera que hubiera sido la suerte del doncel, su tenacidad, y el empeño con que á todo trance habia querido defender su moribunda virtud, habian tenido gran parte en ella. No le podia pesar de ello; pero era bien triste reflexionar cuán horrible premio daba el cielo á su conducta. Ora pensando en su esposo, ora en su crítica situacion, ora en un amor desdichado que en vano habia pretendido lanzar de su pecho por todos los medios posibles, pasábase la desgraciada Elvira los dias y las noches de claro en claro sin dar reposo á la lucha de encontrados sentimientos, que tenian dividida su deplorable existencia.
La nueva que llegó á la corte el dia mismo que debia haberse trasladado á Otordesillas, hizo variar de determinacion á don Enrique el Doliente, como ya saben nuestros lectores, y el dia del combate la cogió por tanto en Andujar.
Amaneció este dia, y nadie en la corte pudo dar razon al rey, cuidadoso é impaciente, del ignorado paradero del doncel: don Luis Guzman fue el único que pudo esponer sencillamente como Hernando, fiel criado del doncel, le habia visitado en la noche del sarao, manifestándole sus dudas y temores, y encargándole el equipage de su amo mientras él se dedicaba á averiguar su paradero, de que tenia vagas sospechas. Pero afirmó en seguida que desde entonces no habia vuelto á tener noticia alguna ni del doncel ni de Hernando. Todos los que conocian, sin embargo, el pundonor caballeresco de Macías, no dudaban un punto que se presentaria en la lid el dia emplazado, tanto mas cuanto que se habian publicado los convenientes edictos y pregones; á no ser que hubiese muerto, acontecimiento que nadie tenia motivos de sospechar. Muchos achacaron la ausencia del doncel á alguna hechicería de don Enrique de Villena y del judío, pero de sospecharlo á saberlo habia tanta distancia como hay de la mentira á la verdad.
Regocijábanse en tanto secretamente aquellos dos intrigantes del feliz éxito de su manejo; sobre todo Villena, que habia conseguido llevar á cabo su proyecto sin necesidad de cargar su conciencia con el peso de sangre agena, descansando en la vigilancia de su emancipado juglar y en la fortaleza de su castillo, lleno todo de gentes de su devocion, curábase poco ya del combate, que mal podia verificarse sin la presencia del doncel. Verdad es que debia quedar condenada Elvira como calumniadora, pero esperaba que su mucho valimiento, y el que debia aumentársele sobre todo con el triunfo que el cielo le preparaba aquel dia, le bastaria para salvar la vida de la infeliz Elvira; cosa que intentaba pedir inmediatamente á su alteza, proponiendo la conmutacion de la pena que imponia la ley en un encierro perpetuo. De esta manera conciliaba el buen don Enrique, con el triunfo de sus intrigas, la tranquilidad de su conciencia, haciendo por una y otra parte transacciones con su ambicion, y con la voz secreta que le gritaba en el fondo de su corazon, que no dejaba de ser culpable por haber evitado la muerte de Elvira y del doncel.
A pesar de la ausencia de éste, anunciaron los farautes el aplazado combate, y reunida la pequeña corte que llevaba consiga don Enrique el Doliente, éste se constituyó en audiencia sentándose debajo del dosel régio preparado para la ceremonia que debia verificarse.
Sentado su alteza, y rodeado del buen condestable Rui Lopez Dávalos, de su físico Abenzarsal, de su camarero mayor, y de las demas dignidades de palacio; compareció ante el trono, llamado por un faraute, el ilustre don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo, precediéndole dos farautes suyos, y un escudero con el estandarte en que se veía lucir su escudo de armas ricamente recamado; seguíanle numerosos caballeros y escuderos de su casa, vasallos suyos. Requerido por el faraute de su alteza, espuso brevemente la demanda que de justicia habia hecho en otra ocasion sobre la muerte de su esposa la condesa doña María de Albornoz. Concluida esta ceremonia, pidió cuenta su alteza á su canciller mayor del sello de la puridad de lo que en el asunto habia determinado: recordó éste el cargo que habia dado su alteza de averiguar el hecho al justicia mayor cometiéndole el cuidado del castigo. Adelantóse entonces Diego Lopez de Stúñiga, é hizo breve relacion de los pasos que habia dado para la averiguacion de aquel horrendo crímen, el cual sin embargo habia permanecido oculto; sin duda, añadió, por los incomprensibles juicios de Dios, que se reservaba el castigo de tan gran maldad. Oido el justicia mayor, prosiguió el canciller relatando como en ese tiempo se habia presentado una acusadora del mismo don Enrique de Villena, achacándole aquel propio crímen del que él habia pedido satisfaccion, y lo demas ocurrido en el caso.
Hizo entonces su alteza comparecer á la acusadora, la cual, guiada de Abenzarsal, á cuya custodia estaba confiada, pareció y espuso de nuevo en la misma forma que la habia hecho la funesta acusacion, no sin acompañarla de abundosas lágrimas, que manifestaban bien á las claras el estado en que se hallaba.
Tomósele de ella juramento, asi como á don Enrique de la denegacion del delito, el cual prestaron ambos sobre los santos Evangelios.
Pidiéronse pruebas en seguida á la acusadora; no pudiendo la cual presentarlas, recordó el canciller que fundado en esto mismo se habia dignado su alteza ordenar la prueba del combate.