Alzóse en seguida un faraute de su alteza y en voz alta repitió que era llegado el dia en que aquel debia verificarse; lo cual hizo por medio de largas fórmulas, de que nos dispensarán nuestros lectores.
El canciller en seguida pidió los gages al acusado y acusadora, que le entregaron, aquel el guante arrojado por Macías el dia de la acusacion, ésta el anillo que en prenda de su persona habia entregado al rey en el propio dia. Recojidos ambos por el canciller, fuéles preguntado á los dos si se hallaban prontos para la prueba del combate que su alteza habia ordenado: esta pregunta estremeció á Elvira, que se vió sola en el mundo en aquel tremendo instante; pero Villena respondió á ella con insolente sonrisa de triunfo y de satisfaccion. Requeridos á presentarse ante su alteza los combatientes ó sus campeones representantes, adelantóse el hidalgo Hernan Perez de Vadillo, que se habia mantenido oculto hasta entonces en el grupo de caballeros de la comitiva de don Enrique de Villena; Elvira al verle no fue dueña de sí por mas tiempo, lanzó un agudo chillido, y ocultó su cabeza entre los brazos de una dueña que la seguia. No se alteró el implacable Vadillo; hincándose por el contrario de hinojos ante su señor natural, pidióle la venia, dada la cual anuncióse como el campeon de don Enrique.
Este golpe inesperado, y que pocos en la corte sabian, hizo todo el efecto que el lector puede imaginar, reflexionando como reflexionaron los presentes que iba á presentarse un caso singular en semejantes combates. La muger acusadora por una parte, y el marido campeon del acusado por otra. Elvira al recibir tan terrible golpe se precipitó á los pies del trono esclamando:—¡Santo Dios! ¡Rey justiciero, no lo permitirás, señor...!
Era tarde ya, empero, para deshacer lo hecho, y el faraute impuso silencio á la acusadora, con duro gesto y ademan, separándola del trono.
Requirióse entonces á Elvira de que presentase su campeon, y á este requerimiento se succedió el mas profundo silencio. Leíase en los ojos de Elvira la ansiedad con que esperaba el fin de aquella ceremonia. En aquel momento hubiera dado su existencia porque no compareciese el doncel. Temblaba á cada ruido que se oía; todo era para ella preferible al espantoso espectáculo de ver pelear por su causa á su esposo y á su amante.
Por último, vino á sacarla de su mortal angustia el tercer requerimiento del faraute.
Apenas habia acabado éste de pronunciarle, cuando prosternándose Elvira, y elevando al cielo las manos y los ojos,—Nadie, esclamó con loca alegría, nadie. ¡Yo os doy gracias, Dios mio! Señor, continuó dirigiéndose al rey, no tengo campeon: soy, pues, calumniadora; ¡la muerte presto, la muerte!
—Señor, se adelantó á decir el canciller al rey, que se levantaba para decidir en tan arduo caso, debo hacer presente á tu alteza que antes de declarar infame al doncel tu favorito es fuerza esperarle en el palenque todo el dia de hoy; si entonces no compareciere, á pesar de los pregones que habrán de repetirse en ese tiempo tres veces, la acusadora será ejecutada.
—Ya lo oís, señora, continuó su alteza; dentro de una hora concurrirá la corte al sitio del combate.
Una nube de tristeza profundísima enturbió la frente pálida de Elvira, que quedó sumergida en el silencio de la desesperacion. Don Enrique de Villena triunfaba, y una mal reprimida sonrisa se dibujaba en sus labios. Hernan Perez de Vadillo parecia desesperado de no tener contrario, y de la inopinada tardanza.