—Señora, dijo don Luis Guzman, que veía con despecho triunfar á su enemigo, llegándose al oido de la infeliz acusadora; si mi brazo puede seros útil ved que diera mil vidas por ser el acusador.

—¡Ah! señor, repuso Elvira dirigiendo al caballero una mirada de agradecimiento, dejad morir á una desdichada. Levantó entonces los ojos al cielo, y añadió para si con dolorosa espresion. ¡Él ha muerto tambien! ¡Y mi esposo me desprecia! Bajó en seguida los ojos, y dos farautes, notando el pequeñísimo diálogo que quisiera prolongar don Luis Guzman, la separaron, advirtiendo á éste que la ley prevenia toda incomunicacion con la acusadora.

Bajó entre tanto su alteza del trono, y preparóse la corte á asistir al sitio del combate, donde debia esperarse al campeon de Elvira.

Don Luis Guzman vió salir á todos con despecho reconcentrado. Su silencio y su gesto manifestaban cuánto destrozaba su alma impetuosa el próximo triunfo que esperaba á su rival, y que él habia tratado en vano de impedir con su intempestiva y no aceptada generosidad.




CAPITULO XXXVIII.