—¡Si digo que está llena la casa! no hay posada, compadre, tornó á decir la vieja.
—Como gusteis, Beatriz; pero ved que no la pido para mí, sino para esta mi bestia, que es como sabeis la niña de mis ojos; no hay mula mejor en la comarca: miradla despacio; es compra que le hice al prior del convento de Arjonilla; miradla, y compadeceos y hacedla un lugar en la cuadra.
—Os digo, replicó la vieja, que como no querais meterla conmigo en mi camaranchon, no hay donde. Y no canseis, Nuño, concluyó la vieja; cerró despues de golpe la ventana, y se alejó con un gruñido prolongado, como se aleja tronando la tempestad.
—¡Buenas noches! dijo soltando una carcajada el compañero de viaje de Nuño.
—¡Maldita vieja! dijo Nuño. ¡Cuerpo de Cristo!
—Vaya, Nuño, no os desespereis. Está visto que ha venido media Andalucía á la fama del juicio de Dios que se celebra por la prueba del combate en este pueblo, que Dios bendiga.
—¿Y qué hacemos, señor montero? ¿Os parece que nos recibirá en su audiencia el señor justicia mayor con mulas y todo?
—Paréceme que no; pero pudieran quedar las bestias con el mozo en las afueras del pueblo.
—Como gusteis, repuso el buen Nuño.
Apeáronse nuestros viajeros, y dejadas las caballerías al mozo, dirigiéronse hácia el palacio, donde se hallaba la corte hospedada.