—Callad, maldicientes, gritaba una vieja ¿Qué sabeis vosotros de lo que decís? No la hechizó, sino que la condesa desapareció, y aseguran que fue muerta por unos bribones pagados, á causa de unos amores, lo cual se supo porque noches antes le habian dado una serenata...
—¡Ah! ¡ah! ¡ah! mirad la madre Susana con lo que nos viene, esclamaba otro. Matóla su marido, si señor, y hay quien sabe el por qué. ¿Hubiera si no, una dama tan discreta y hermosa como la señora Elvira, muy amiga por cierto de la condesa y que estaba en sus secretos, cometido la ligereza de...?
—Eso no, ¡pesia mí! maese Pedro, interrumpió un mozalvete mal encarado; ¡que no ha menester una muger muchos motivos para cometer una ligereza!
—¡Calle el deslenguado! gritaba una doncella bien apuesta, y ataviada para el combate como para una funcion; ¿qué sabe él lo que son mugeres? Deje crecer sus barbas y hable de tirar piedras.
—En hora buena, replicó el mozo; pero lo que yo digo es, que el combate no se verificará...
—¿No, eh?
—No señor; porque el campeon de la acusadora no parece.
—Sí parecerá, repuso un recien llegado. En alguna redoma.
—¡Oh! y qué bien decís, ¡voto á tal! hay quien asegura que entre el judío... maldiga Dios á los judíos.
—Amen.