Al ver tan próximos al último trance á entrambos combatientes, no pudo contenerse por mas tiempo Elvira.

—¡Señor! clamó prosternándose con los brazos abiertos y dirigidos en actitud suplicante hácia el mirador de su alteza, ¡basta! quiero ser antes calumniadora. ¡Lo soy, señor, lo soy!

Pero en aquel momento la atencion de todos se bailaba fijada en los gallardos combatientes, y una confusa gritería de aplauso y de temor al mismo tiempo sofocó la débil voz de la acusadora. Desanimada Elvira enteramente, dejó caer su cabeza sobre el pecho, y enagenada desde entonces apenas vió y oyó lo que en torno suyo pasaba.

Al punto los jueces del campo mandaron al rey de armas y al faraute dar una grida ó pregon que ninguno fuese osado por cosa que sucediese á ningun caballero á dar voces ó aviso, ó menear mano ni hacer seña, so pena de que por hablar le cortarian la lengua, y por hacer seña le cortarian la mano. Succedióse á este pregon el mas profundo silencio, interrumpido solo por un ligero murmullo que producia el montero irritado todavia, profiriendo entre dientes algunos juramentos contra el faraute; ni atendió el pregon, ni pensaba sino en llevar á cabo la entrega de sus letras, mas bien por terquedad ya que por otra razon cualquiera. Aplacáronle, sin embargo, algun tanto los que le rodeaban.

Al mismo tiempo mandaron los jueces sonar toda la música de ministriles con grande estruendo, y en tono rasgado de romper la batalla; reconoció el rey de armas, acompañado del mariscal, las armas de los desafiados, y hecha la señal soltaron los farautes la brida del bocado de los combatientes que tenian cogida gritando á una voz: “Legeres aller, legeres aller, é fair son deber”, segun la fórmula provenzal introducida en duelos singulares, justas y torneos.

Arrancaron al punto los caballeros con las lanzas en los ristres, arremetiendo uno contra otro con singular furia y denuedo. General fue la espectativa y el ansia al choque de los combatientes, que se encontraron entre nubes de polvo en medio de su carrera. Rompieron entrambos sus lanzas. Hernan Perez encontró al caballero de las armas negras en el arandela, desguarneciéndole el guardabrazo derecho, y éste encontró á Hernan en la bavera del almete. Vacilaron entrambos caballos de la sacudida, pero repuestos en el mismo instante del súbito golpe, concluyeron su carrera airosamente. Tomaron los caballeros lanzas nuevas, y en tres carreras succesivas no se decidió la ventaja por ninguna parte. Al fin de la tercera, furioso Hernan Perez del poco efecto de las lanzas, quebró la suya contra el suelo, y revolvió desnudando la espada sobre su contrario, que vista la accion adoptó igual determinacion. No daba Elvira, sumergida en el mas profundo estupor, señal de vida, y mudaba de colores don Enrique de Villena á cada encuentro, como aquel cuya fortuna dependia del éxito del combate. A pesar de las buenas muestras que daba el novel caballero, ponian todos por el de lo negro, cuyos altos hechos de armas anteriores eran demasiado conocidos para osar poner en duda su ventaja.

El que mas animado parecia era nuestro montero, á quien el corage habia acabado de acalorar; pero cuando no pudo reprimirse fue cuando despues de un largo rato de incierta lucha rompió Hernan Perez su espada en el almete del caballero de las armas negras, quedando desarmado. “¡A él! ¡á él!” gritó fuera de sí al aventajado de lo negro, que descargando su acero sobre el indefenso desguarnecióle el brazo, haciéndole una profunda herida á lo largo de él. Apartó Vadillo su caballo como buscando una arma nueva, y tratando de evitar el segundo golpe con que su contrario le amenazaba ya; accion que puso una pequeña suspension en el combate, merced á la habilidad con que logró, manejando su bridon, burlar repetidas veces la intencion del enemigo.

Un faraute entre tanto se apoderó del montero, y llevado ante los jueces del campo, íbasele á imponer la pena, que hubiera sufrido á no haber hecho presente que traía letras para el justicia mayor. Abriólas éste, y recorriólas rápidamente. No bien las hubo leido, cuando se alzó en pie para mandar la suspension del combate. Era tarde ya, sin embargo. Convencido Vadillo de que podia durar muy poco lucha tan desigual, decidióse á echar el resto, y asiendo de su hacha de armas detuvo su caballo y esperó resuelto al contrario, que le acometió, causándole de nuevo otra herida en un costado. Aprovechándose Vadillo entonces del momento, soltó la brida del caballo, y alzando con ambas manos el hacha y clamando, “¡Venganza! ¡venganza!” descargó tan furioso golpe sobre el caballero de las negras armas, sin darle tiempo de revolver su caballo, que faltándole el almete hízole dar con la cabeza en el cuello del animal: aturdido de ambos golpes, el caballero abrió los brazos, separáronse sus piernas del vientre del caballo, y perdiendo ambos estribos vino al suelo mal parado. “¡Victoria! ¡Victoria!” clamaron á un tiempo los circunstantes, succediendo á la aclamacion el mas profundo silencio. A este tiempo Vadillo, habiendo echado ya pie á tierra, se precipitó sobre el caido con ánimo de cortarle la cabeza, idea que llevara á cabo á no detenerle un faraute que de orden de los jueces dió por concluido el combate. Miró Vadillo al cielo despechado, y descansó en seguida sobre su hacha de armas, sin separarse empero de la víctima, y en la misma actitud en que nos pintan á Hércules sobre su maza. Elvira al oir el grito de victoria alzó los ojos, vió el éxito del combate, y cerrándolos horrorizada se lanzó en los brazos de Jaime, ocultando en ellos su cabeza. Don Enrique de Villena entre tanto ostentaba en su semblante la alegría del triunfo, que no habia esperado conseguir.

Mientras que el justicia mayor habia llegado á su alteza seguido del montero, y le hablaba cosas sin duda del mayor interes, el rey de armas se adelantó hasta el vencido, y poniéndole un pie sobre el pecho, y tocándole con su maza: “¡Hé aqui, clamó en voz alta, hé aqui el juicio de Dios!” Don Enrique de Villena es inocente. Elvira es calumniadora. Hé aqui el juicio de Dios.

Un grito de horror resonó por toda la concurrencia, que sabia bien la suerte que esperaba á Elvira. Efectivamente, segun las leyes de semejantes juicios, la acusadora debia ser en el acto degollada: el campeon vencido, si habia quedado con vida, debia ser desarmado y desnudado; las diversas piezas de sus armas esparcidas aqui y alli en el campo de batalla, y permanecer él en tierra hasta que su alteza declarase si queria ajusticiarlo ó perdonarlo. Sus bienes habian de ser ademas confiscados en favor del erario, despues de reintegrado el vencedor de sus costas y perjuicios; y si quedaba muerto debia ser entregado al mariscal del campo para ser suspendido por los pies en un patíbulo.