Disponíanse los archeros á conducir á Elvira al suplicio, estaba ya en pie el impasible verdugo, y repetia por tercera vez el rey de armas su grida de ¡hé aqui el juicio de Dios! cuando se notó que su alteza hacia señal de suspension con el pañuelo. Alzado en pie entonces el justicia mayor, “El combate nada puede probar ni decidir, clamó en alta voz. La condesa doña María de Albornoz vive, y don Enrique de Villena es, sin embargo, culpado de felonía, si no de su muerte.”
Estas terribles palabras, que repetian los que estaban mas cerca á los que no las habian oido, estendiéndolas como se estienden á lo lejos las ondas de un estanque donde ha caido una piedra, produjeron la mayor espectativa en la asamblea, y fueron un rayo para don Enrique.—¡Todo es perdido, clamó, todo!
—Sí, continuó Diego Stúñiga. La providencia es justa; ella ha salvado á la condesa; hé aqui sus letras, y presto acaso su llegada á Andujar confirmará tan alegre nueva.
No bien habia acabado de hablar el justicia mayor, se hendió la multitud, que rodeaba una puerta de la liza, y se vió llegar á rienda suelta una cabalgata que no tardó en entrar en el palenque.
—¿Es posible? se preguntaban unas á otras mil voces confusas y atropelladas; ¿es posible? ¡La condesa! ¡la condesa!
Doña María de Albornoz, pálida como la muerte, revestida aun del negro cendal con que habia salido de su prision, y seguida de Peransurez y de varios armados, se dirigió á apearse ante su alteza, que la recibió en sus brazos. Don Enrique, confundido, se ocultó entre sus caballeros, y Elvira, luchando entre la duda y la esperanza, permaneció inmóvil, ora clavando los ojos con estúpido terror en el cuerpo del vencido, que yacía en tierra todavia, ora queriendo descifrar si era efectivamente su antigua amiga la que venia á librarla de la muerte que tanto habia deseado.
Informada la condesa anteriormente por Peransurez de cuanto habia ocurrido durante su prision, corrió en seguida á los brazos de Elvira, que la recibió en ellos con la insensibilidad de una estátua para quien nada tenia ya interes en el mundo.
Entre tanto, llegando los jueces y el rey de armas al caido, desenlazáronle el almete: al respirar el aire libre pareció dar señales de vida, volviendo en sí lentamente. Su alteza, que habia bajado de su balconcillo, se encaminó con toda la corte hácia el sitio que habia sido teatro de la batalla, lleno del mas vivo interes por su doncel. La condesa, no menos animada del celo por su defensor, arrastró á Elvira hácia el mismo parage. La sangre que habia vertido el caballero por los oidos y las narices al recibir el golpe de Vadillo, juntamente con el sudor y el polvo, impedian reconocer sus facciones.
—¿Es muerto? gritó don Enrique el Doliente á los que le reconocian.—¿Es muerto? preguntó la condesa.—¡Macías! gritó Elvira, devorando con sus ojos las facciones del caido. ¡Ah, no es él! esclamó con frenética alegría, despues de un momento de duda. ¡No es él! y se dejó caer en los brazos de la condesa, que la cubria de cariñosos besos.
Efectivamente, limpióse el rostro del vencido: era el generoso don Luis Guzman. Poseyendo la armadura del doncel, que Hernando le habia dejado, se habia lanzado á la palestra en contra de Villena, logrando persuadir al mariscal del campo y á los jueces de la identidad de su persona, sin quitarse la visera.