Dichas estas palabras, aprovechóse el conde de Cangas de la confusion general, y salió del palenque con Vadillo, y sus caballeros y vasallos, antes que pensara nadie en impedírselo; armándose en seguida y montando precipitadamente á caballo, tomaron á rienda suelta el camino de Arjonilla, donde le pareció al conde que debia hacerse fuerte, y esperar el sesgo contrario ó favorable que quisiesen tomar las cosas. En el camino hubo de confesar toda su conducta el intruso maestre á Fernan Perez. A pesar de su nunca desmentida fidelidad, no pudo disimular éste un gesto de desprecio, hijo de la consideracion del carácter de aquel hombre, imperfecta mezcla de ambicion y pusilanimidad. No creyó, sin embargo, oportuno abrumarle con reconvenciones en la hora de su desgracia; desesperado de no haber acabado como creía con el hombre que le habia ofendido en lo mas delicado de su honor, y cuya muerte habia jurado, suplicó al conde le permitiese adelantarse en su escelente caballo, para advertir su llegada al castillo y tomar disposiciones de defensa, segun le dijo, pero en realidad con ánimo de que no se escapase por esta vez á su furor el doncel, si estaba todavia aprisionado, como debia presumirse de su ausencia en el combate.

Advertida de alli á poco en el palenque la fuga del conde y de los suyos, fue tal la indignacion de su alteza al verse de esta manera burlado por su mismo pariente, á quien tantos favores habia dispensado, que á pesar de los ruegos de doña María de Albornoz y de Elvira, pudieron mas con él las sugestiones del pérfido judío Abenzarsal. Este, para salvarse y no verse arrastrado en la ruina del conde, no halló otro recurso que cortar el cable que unia su suerte á la del caido maestre, y como buen palaciego, fue el primero que manifestó la mayor indignacion contra Villena. Despachó, pues, el rey en seguimiento del conde al justicia mayor con numerosa comitiva de caballeros y hombres de armas, dándole orden de traerle á su presencia vivo ó muerto, y de salvar á toda costa al doncel de su venganza si existia en su poder todavia, como debia sospecharse de las informaciones que dió sobre el caso Peransurez.

Deseosa, sin embargo, la generosa condesa de endulzar el rigor de la ley por una parte, y por otra de cooperar á la libertad del doncel, que tan noblemente habia abrazado su causa desde un principio, y que por ello se veía en eminente peligro, se decidió á seguir al justicia mayor á Arjonilla, acompañándola Elvira, Jaime y Peransurez; aturdida todavia aquella con los singulares y opuestos acontecimientos que por ella habian pasado en aquel dia, y fieles los otros dos como siempre á la generosa empresa que habian abrazado. La impaciencia que á los cuatro animaba no les permitió esperar á la partida mas lenta del justicia mayor y de su tropa. Llevando ademas mejores caballos, ganáronles prontamente la delantera.

En el castillo se habia aplacado entre tanto el desorden y la confusion, producidos por la fuga de la condesa, Ferrus y Rui Pero se habian cerciorado con satisfaccion, que solo uno de los prisioneros se habia escapado. Era, en verdad, el mas importante; pero Rui Pero se puso á la cabeza de unos cuantos hombres armados con no pocas esperanzas de recobrar á los frailes fugitivos, que habiendo salido á pie no podian haber andado mucho. Hubieran logrado su intento á no haber tenido tiempo Peransurez para llegar á la venta de Nuño; pero una vez alli, desnudáronse su disfraz, tomaron consigo unos cuantos monteros cólegas de Peransurez, y rodeando por el monte y sonando sus vocinas en son de caza, lograron burlar la vigilancia de los emisarios de Rui Pero, que buscaban dos frailes franciscanos, y no una compañía de cazadores. La condesa creyó oportuno avisar de su situacion á su alteza por medio del mismo Nuño, y de su compañero de viaje, por si se frustraba su fuga, ó por si no podia llegar á Andujar tan presto como era su intencion, á pesar de la poca distancia que hasta alli habia. Nuestros lectores han visto cómo desempeñó Nuño su comision, y pueden figurarse que Rui Pero y los suyos recorrian todavia inútilmente los alrededores de Arjonilla. Ferrus poco militar todavia y aturdido con cuanto le pasaba no habia pensado en relevar las centinelas; y habiéndose convencido por una rejilla interior de la prision del doncel de que existia en su poder, permanecia Hernando en su puesto con su alano, bien decidido á vender cara su vida si no podia salvar á su señor; viendo que nadie se acordaba de él, se determinó por último á abandonar su guardia, y á buscar alguna otra manera de salvar á Macías. Echó á andar para esto á lo largo de la muralla, calada la visera de la mala celada que habia robado al difunto, y no le costó dificultad introducirse en lo interior del castillo, que por lo desmantelado servia de cuartel á los hombres de armas. No osaba preguntar por no delatarse á sí mismo; pero calculando la forma del edificio, anduvo con aire resuelto como si fuese á cosa hecha ó llevase alguna orden, y se acercó á un corredor ancho adonde caía efectivamente la escalerilla que daba entrada á la prision del doncel. Felizmente conservaba todavia las llaves en su poder, y Ferrus con la mayor parte de su fuerza se ocupaba en distribuir atalayas en las murallas, y en examinar de continuo el campo por ver de divisar á Rui Pero, de quien no dudaba que volviese con su presa.

Quedábale que vencer á Hernando una dificultad. En lo alto de la escalera habia un centinela, á quien Ferrus habia encargado la vigilancia.

—¿Quién va? preguntó éste á Hernando luego que le vió acercarse.

—Compañero, repuso Hernando, tratando de ganarle por buenas, y aun de relevarle si podia, ¿cae hácia esta parte la prision?

—Atras. Parece que es nuevo el compañero segun la pregunta. Aqui cae; pero atras.

—Ved que os vengo á relevar. ¡Voto va! podeis iros ya á descansar.

—¿A descansar, y hace un cuarto de hora que estoy en esta faccion?