Suspendiéronse á la voz de entrambos los combatientes, y Hernan Perez solo se precipitó tras Macías en la prision. No pudo evitar esto Hernando, ni menos que Fernan Perez, dentro ya con su rival, corriese un enorme cerrojo que por dentro la cerraba. Agoviado por el número de los que le rodeaban y querian rendirle, quedó en la escalera jurando y blasfemando de su mala suerte, que le impedia ayudar á su señor. Haciendo entonces el último esfuerzo, atravesó con el venablo á dos de los que mas cerca tenia, y abrióse paso por entre los demas, aterrados de la muerte de sus compañeros. Precipitóse en seguida sobre Ferrus, que huía despavorido por el corredor seguido de su alano, el cual amenazaba con los dientes hacer presa en el primero que tocase á su amo; y asiendo al juglar de la garganta,

—Villano, le gritó, condúceme á las cadenas del rastrillo de la prision, ó eres muerto.

No osaba llegar á Hernando ninguno de los del castillo, temerosos de que clavase el venablo en su alcaide á la menor contradiccion; Ferrus entre tanto aterrado,—¡Ah, señor! clamó, si me perdonais la vida, yo os llevaré donde gusteis.—Ea, pues, vamos, replicó Hernando, y llevándole siempre asido de la garganta le siguió adonde Ferrus todo trémulo le guiaba.

Entre tanto luchaban animados de igual furor Hernan Perez y Macías, cerrados en la prision. Pocos golpes habrian dado y recibido, cuando resonó por todo el castillo el rumor de varias trompetas, y el estruendo de muchas gentes de armas que llegaban nuevamente. Don Enrique de Villena y los suyos acababan de entrar en él. Casi al mismo tiempo llegó doña María de Albornoz y Elvira, y al nombre de la condesa fuéles abierto el puente.

Dirigiéronse los primeros, informados de cuanto ocurria, hácia la prision del doncel, y hallándola cerrada por dentro, mandó el conde que se forzase la puerta, operacion á que se dió principio con la mayor actividad.

Doña María de Albornoz y Peransurez, no conociendo mas camino á la prision del doncel que aquel que ellos habian andado antes de la fuga, se dirigieron por el contrario entre la muralla y la zanja, llegaron al frente de la prision, oyeron el ruido de las armas de los combatientes, y el estruendo de los que por el opuesto lado forzaban la puerta que habia cerrado Vadillo; pero cuál fue su sorpresa cuando vieron el espectáculo que se ofreció á sus ojos. Hernando asomado á una galería sobre la prision, desde donde se soltaban las cadenas del rastrillo, tenia asido aun al juglar y lo ahogaba casi con su mano intimándole que le ayudase á soltarlas. Ferrus, sin embargo que sabia el horrible secreto del rastrillo, por el cual no podia pasar nadie sin caer en la zanja y hacerse pedazos en los muchos pinchos de hierro de que estaba erizada, lleno de pavor queria esplicarse, porque no tomase luego Hernando mayor venganza de la catástrofe que debia seguirse á la bajada del rastrillo. No concediéndole, empero, Hernando parlamento, y viéndose Ferrus ahogar hubo de ceder, y ayudó á Hernando como pudo á soltar las cadenas.—¡Sálvate, Macías, sálvate! gritó desde arriba Hernando con voz que retumbó en todo el castillo, y entonces se ofreció á los ojos de doña María y de Elvira el horroroso combate.

—¡Cielos! esclamó Elvira. ¡Bárbaros, teneos! ¡Tomad mi vida, tomadla! Precipitóse Elvira hácia la prision, y puesta en el borde del abismo,—¡Macías! clamó sin podérselo nadie impedir. ¡Hernan Perez! ¡Cesad, bárbaros, en tan cruel combate, ó este precipicio será mi tumba!

No volvió siquiera Hernan Perez la cabeza; antes mas encarnizado que nunca al oir la que causaba su implacable rencor, redobló sus golpes. No sucedió asi al doncel; volvió la cabeza rápidamente, y al ver á orillas de la zanja á Elvira, pronta á precipitarse en ella, desasióse del hidalgo, á tiempo que caía hecha pedazos la puerta de la prision con horrible fragor, y que se entraban dentro don Enrique y los suyos.

—¡Elvira! gritó Macías saliendo de la prision. ¡Elvira! Lanzóse en seguida al rastrillo.—¡Perdon! gritó con voz desesperada Ferrus á Hernando, y al mismo tiempo, cediendo la trampa del rastrillo al peso del caballero que la oprimia, hundióse el doncel súbitamente, y su cuerpo destrozado llegó á lo profundo de la sima, dando de hierro en hierro, y profiriendo sordamente ¡es tarde! ¡es tarde!

Un chillido agudo y desgarrador, lanzado del pecho de Elvira resonó hasta el mismo corazon de los espectadores espantados. Un momento de pausa y de terror se siguió.