—¡Malvado! ¿lo sabias? gritó únicamente Hernando desesperado, y se precipitó sobre Ferrus, que exánime no le ofrecia resistencia alguna. Asiéndole entonces de su cabellera roja... ¡Bravonel! gritó, ¡Bravonel! ¡al oso! ¡al oso! y lanzó en medio de la galería al juglar, que corrió un momento huyendo del animal. Pero Bravonel furioso se arrojó sobre él, y haciendo presa en su garganta, destrozólo en minutos, al mismo tiempo que Hernando le animaba gritando: ¡Pieza! ¡pieza! No era digno el infame de morir por mi mano. ¡Pieza! ¡pieza!
Quedó Hernan Perez mirando cruzado de brazos á la profunda sima, envidioso de que le hubiese robado la dicha de acabar con el doncel. Furioso como aquel que no habia satisfecho toda su ira, lanzóse por el borde que habia quedado en el rastrillo á uno y otro lado de la trampa hundida, bastante ancho todavia para andar por él una persona. Elvira en tanto miraba la sima con ojos vidriados, en que se veía la fijacion del estupor y el estravío de la demencia. Habíase secado ya para siempre el manantial de sus lágrimas.
—¡Héle ahí! le gritó Hernan Perez señalando la zanja: ¡héle ahí!
—¡Es tarde, es tarde! repuso Elvira dando una horrorosa carcajada.
—¡Bárbaro! gritó el pagecillo echándose al paso de Hernan Perez: ¡Bárbaro! y se dispuso á defender á su prima con un denuedo ageno de su edad. En aquel momento pareció Elvira volver en sí para reconocer á su esposo, y sobrecogida de terror, huyó despidiendo del pecho agudos alaridos.
Precipitáronse los circunstantes sobre el hidalgo; no pudiendo éste llegar á Elvira,—¡Maldicion sobre tí, y desprecio! la gritó; ¡y entre nosotros eterna separacion!
Al mismo tiempo se oyeron por el castillo voces de ¡arma! ¡arma! ¡Santiago!
De alli á poco las murallas eran el teatro de un sangriento combate. Despues de una hora de refriega, y de muy entrada la noche, replegáronse por fin las gentes de Villena, acaudilladas por el hidalgo, que habia peleado con desesperacion, y el justicia mayor clavó el pendon real en una almena.
Hernando, que habia tomado á su cargo dañar á los sitiados en compañía de Peransurez, para facilitar la entrada á las tropas reales y defender á la condesa, peleó como aquel que acababa de perder el único interes que le ligaba á la sociedad, y logró mantener ilesa á doña María hasta el momento de la victoria. Restituida aquella al justicia mayor, no se volvió á ver á Hernando ni á su alano. Se presume que privado de su amo, que era el único que podia hacerle soportable la existencia en la corte, se hundió para siempre en los montes, y hay cronista que afirma que años adelante murió á manos de un oso mas feroz que él.
Don Enrique de Villena fue llevado ante el rey Doliente, y el impudente medio de que se valió para conservar, aun despues de lo ocurrido, su maestrazgo; diciéndose en público impotente, solo contribuyó á dar á todos una idea mas clara de su baja ambicion. Los ruegos, sin embargo, de la generosa condesa, que se retiró á sus estados á llorar su desdichada boda y la suerte de Elvira, salvaron la vida al conde, quien desde entonces vivió en retiro filosófico entregado á las letras, para las cuales habia nacido, mas bien que para las armas ó la corte. Es cosa sabida que despues de su muerte quedó hecho trozos en una redoma, como hechicero que habia sido.