—Ya ve usted, tío... esto pudiera producir un lance muy desagradable.

—¿Cuánto es?

—Cien pesos.

—¿Nada más? No se me hace mucho.

Era claro que la vida de mi sobrino y su honor se hallaban en inminente riesgo. ¿Qué podía hacer un tío tan cariñoso, tan amante de su sobrino, tan rico y sin hijos? Conté, pues, sus cien pesos, es decir, los míos.

—Sobrino, vamos a la casa donde está empeñada la repetición.

Quand il vous plaira, querido tío.

Llegamos al café, una de las lonjas de empeño, digámoslo así, y comencé a sospechar desde luego que esta aventura había de producirme un artículo de costumbres.

—Tío, aquí será preciso esperar.

—¿A quién?