—Nada tengo que replicar—le contestaría yo,—sino que hace usted lo que debe, y llévese el diablo las ciencias y la cultura.

Lucidos quedamos, Andrés. ¡Pobres batuecos!

La mitad de las gentes no lee, porque la otra mitad no escribe, y ésta no escribe porque aquélla no lee.

Y ya ves tú que por eso a los batuecos ni nos falta salud ni buen humor, prueba evidente de que entrambas cosas ninguna falta nos hacen para ser felices. Aquí pensamos como cierta señora, que viendo llorar a una su parienta, porque no podía mantener a su hijo en un colegio, «calla, tonta, le decía: mi hijo no ha estado en ningún colegio, y a Dios gracias bien gordo se cría y bien robusto».

Y para confirmación de esto mismo, un diálogo quiero referirte que con cuatro batuecos de estos tuve no ha mucho, en que todos vinieron a contestarme en substancia una misma cosa, concluyendo cada uno a su tono y como quiera.

—Aprenda usted la lengua del país—les decía—coja usted la gramática.—La parda es la que yo necesito—me interrumpió el más desembarazado con aire zumbón y de chulo; fruta del país: lo mismo es decir las cosas de un modo que de otro.

—Escriba usted la lengua con corrección.—¡Monadas! ¿Que más dará escribir vino con b que con v? ¿Si pasará por eso de ser vino?

—Cultive usted el latín.—Yo no he de ser cura, ni tengo de decir misa.

—El griego.—¿Para qué, si nadie me lo ha de entender?

—Dése usted a las matemáticas.—Ya sé sumar y restar, que es todo lo que puedo necesitar para ajustar mis cuentas.