Llégome a una ocurrencia.
—Buenos días, don Prudencio; ¿qué hay de nuevo?
—Sí, calle usted—me dice con el dedo en los labios.
—¿Que calle?
—Así; y se vuelve a mirar en derredor.
—Hombre, si yo no pienso decir nada malo.
—No importa, calle usted. ¿Ve usted aquel embozado que escucha?... Es un esp... un sop...
—Que vive de eso.
—¿Y se vive de eso en las Batuecas?