—Ese es un hombre que vive de lo que otros hablan, y como ése hay muchos; así que todos estamos reducidos aquí a no hablar; mírenos usted obscuramente envueltos en nuestras capas, hablando por dentro del embozo, desconfiando de nuestros padres y de nuestros hermanos... Parece que hemos cometido todos o vamos a cometer algún delito... Imite usted nuestro ejemplo, que en ello le va más de lo que parece.
¿Hay cosa más rara? ¡Un hombre que vive de lo que otros hablan! ¿Y dicen que los batuecos no son industriosos para vivir?..........
Va a edificarse un monumento que podrá dar gloria a las Batuecas; el plan es colosal, la idea magnífica, la ejecución asombrosa; pero hay un defecto, un defecto también colosal; me apresuro: yo lo haré conocer, yo lo haré desaparecer.
—Señor don Timoteo, traigo un artículo para usted: insértemelo usted en su miscelánea.
—¡Ah! ¿Esto? Es imposible, ¡imposible!—Y me añade al oído:—Usted no sabe que el sujeto que ha propuesto él, se llama D. Y. Z.
—Bien pudiera llamarse así ese sujeto y corregirse el defecto.
—Pero es pariente del señor...
—¿Y no pudiera seguir siendo su pariente después de desaparecer el defecto?
—Cierto; no me entiende usted; es mal enemigo, y no me atrevo a insertarlo.
¡Oh inagotable capítulo de las consideraciones! Por todos lados adonde nos volvamos para marchar, encontramos con la pared.