¿Qué de elogios no merece esta noble moderación, este respeto a las personas que pueden, entre los batuecos?

Encuéntrome con un escritor público.

—Señor bachiller, ¿qué le parece a usted mis escritos?

—Hombre, me parece que no hay nada que pedirles, porque nada tienen.

—¡Siempre ha de decir usted cosas!...

—¡Y usted nunca ha de decir cosas! ¿Por qué no fulmina usted el anatema de la crítica contra ciertas obras que nos inundan?

—¡Ay, amigo! Los autores han descubierto el gran secreto para que no les critiquen sus obras. Zurcen un libro. ¿Son vaciedades? No importa. ¿Para qué son las dedicatorias? Buscan un nombre ilustre, encabezan con él su mamotreto, dicen que se lo dedican, aunque nadie sepa lo que quiere decir eso de dedicar un libro que uno hace a otro que nada tiene de común con el tal libro, y con ese talismán caminan seguros de ofensas ajenas. Ampáranse como los niños en las faldas de mamá para que papá no les pegue.

—¿Por qué no pinta usted el desorden de nuestras costumbres y de nuestras...?

—¡Ah! ¿no conoce usted el país? ¿Yo satírico? ¡Si tuviera el vulgo la torpeza de entender las cosas como se dicen! Pero es tanta la penetración de estos batuecos, que adivinan el original del retrato que usted no ha hecho. Dice usted que es ridículo el ser un calzonazos; y que es un pobre hombre todo Juan Lanas, y sale un importante de estos que, a costa de tener reputación, se conforman con tenerla mala, y exclaman a voces: ¡Señores! ¿Saben ustedes quién es ese Juan Lanas de quien habla el satírico? Ese Juan Lanas soy yo: porque para eso de entender alusiones no hay hombres como los batuecos.—Hombre, ¿qué ha de ser usted? Si el autor no lo conoce siquiera...—No importa; apuesto mi cabeza a que soy yo; y os pone un cartel de desafío, y no hay sino dejaros matar, porque él es un necio.—¿Quién es aquella sultana del Oriente? le dicen a usted.—Cualquiera que se halle en ese caso, responde usted. ¡Picarillo! le responden; sí, a mí con esas... Esa es la X***.—Como si no hubiera más que una en Madrid.—Agregue usted a esto que la naturaleza reparte sus dones con economía, y dando fuerzas a aquel a quien negó el talento, corre el satírico gran riesgo en las Batuecas de que su cabeza se encuentre en el mismo camino de un garrote, encuentro siempre que puede traer peores consecuencias para la primera que para el segundo.

—Bien, pues, no sea usted satírico: sea usted justo no más. Cuando representan pésimamente una comedia, cuando cantan rabiando una ópera, cuando es la decoración mezquina, ¿por qué no levanta su voz?