—¡Oh! ¡no se puede... no saben apreciar!... ya sabe usted... a salir del día... Sólo la maldita afición que uno tiene a estas cosas...

—Quisiera leer, con todo, lo que usted ha publicado: el género humano debe estar agradecido a la ciencia de don Timoteo... Dícteme usted los títulos de sus obras. Quiero llevarme una apuntación.

—¡Oh! ¡Oh!

—¿Qué especie de animal es éste—iba diciendo yo para mí—que no hace más que lanzar monosílabos y hablar despacio, alargando los vocablos y pronunciando más abiertas las aes y las oes?

Cogí, sin embargo, una pluma y un gran pliego de papel presumiendo que se llenaría con los títulos de las luminosas obras que habría publicado durante su vida el célebre literato don Timoteo.

—Yo hice—empezó—una oda a la Continencia... ya la conocerá usted... allí hay algunos versecillos.

Continencia—dije yo repitiendo.—Adelante.

—En los periódicos de entonces puse algunas anacreónticas; pero no con mi nombre.

Anacreónticas; siga usted; vamos a lo gordo.

—Cuando los franceses, escribí un folletito que no llegó a publicarse... ¡como ellos mandaban!