Folletito que no llegó a publicarse.

—He hecho una oda al Huracán, y una silva a Filis.

Huracán, Filis.

—Y una comedia que medio traduje de cualquier modo; pero como en aquel tiempo nadie sabía francés, pasó por mía: me dio mucha fama. Una novelita traduje también...

—¿Qué más?

—Ahí tengo un prólogo empezado para una obra que pienso escribir, en el cual trato de decir modestamente que no aspiro al título de sabio: que las largas convulsiones políticas que han conmovido a la Europa y a mí a un mismo tiempo, las intrigas de mis émulos, enemigos y envidiosos, y la larga carrera de infortunios y sinsabores en que me he visto envuelto y arrastrado juntamente con mi patria, han impedido que dedicara mis ocios al cultivo de las musas; que habiéndose luego el gobierno acordado y servídose de mi poca aptitud en circunstancias críticas, tuve que dar de mano a los estudios amenos que reclaman soledad y quietud de espíritu, como dice Cicerón; y en fin, que en la retirada de Vitoria perdí mis papeles y manuscritos más importantes; y sigo por ese estilo...

—Cierto... Ese prólogo debe darle a usted extraordinaria importancia.

—Por lo demás, no he publicado otras cosas...

—Conque una oda y otra oda—dije yo recapitulando—y una silva, anacreónticas, una traducción original, un folletito que no llegó a publicarse, y un prólogo que se publicará...

—Eso es. Precisamente.