—Eso ¡pardiez! no será imprimir mi periódico, sino otro del cajista.
—Pues eso, señor, sucederá; en habiendo un día de formación no tendrá usted cajistas; y si usted se enfada algún día por una errata, lo dejarán plantado, y si no se enfada también.
¿Es posible? ¿Conque no hay Fígaro? ¡Oh! ¡Habrá Fígaro, habrá Fígaro! Venceremos las dificultades... ¡Ah! se me olvidaba: ¡Papel! A una fábrica, a otra, a otra... Este es chico, este caro, este grande, este moreno, este con demasiada cola...
—Mire usted, como usted lo quiere no lo hay—me dicen por fin—. Es preciso mandarlo hacer.
—Pues lo mando hacer: para dentro de ocho días.
—Señor, la fábrica está a sesenta leguas; hay que hacer los moldes, y luego el papel, y luego secarlo, y si llueve... y luego, traerlo... y el ordinario echa quince días o veinte... y...
—¿No hay quien le eche a usted a los infiernos?—grito desesperado.—¡País de obstáculos!
Es preciso resignarse, esperar... Al fin lo habrá todo... demasiado va a haber luego... esta es la idea que me detiene, por fin, que cuando haya editor, redactores, impresor, cajistas, papel... entonces también habrá censor... Eso sí, eso siempre lo hay... ni hay que mandarlo hacer, ni hay que esperar...
Aquí acabo de perder la cabeza, enciérrome en mi casa, ¡voto va! Pues ha de haber Fígaro, sí, señor, por lo mismo ha de haber Fígaro, y ha de hablar de todo, absolutamente de todo.
Diciendo esto llego a mi casa, me siento a mi bufete para tomar disposiciones.