—Ciertamente—le contesté,—porque los hombres como usted venden en París sus ediciones. En París no habrá libros malos que no se lean, ni autores necios que se mueran de hambre.
—Desengáñese usted: en este país no se lee—prosiguió diciendo.
—Y usted que de eso se queja, señor don Periquito, usted ¿qué lee?—le hubiera podido preguntar.—Todos nos quejamos de que no se lee, y ninguno leemos.
—¿Lee usted los periódicos?—le pregunté, sin embargo.
—No, señor, en este país no se sabe escribir periódicos. ¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!
Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto a periódicos, buenos o malos, en fin, los hay y muchos años no los ha habido.
Pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este país y clamaba:
—¡Qué basura! en este país no hay policía.
En París las casas que se destruyen no producen polvo.
Metió el pie torpemente en un charco.