—¡No hay limpieza en España!—exclamaba.
—En el extranjero no hay lodo.
Se hablaba de un robo.
—¡Ah, país de ladrones!—vociferaba indignado.
Porque en Londres no se roba; en Londres, donde en la calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla, a los transeúntes.
Nos pedía limosna un pobre.
—¡En este país no hay más que miseria!—exclamaba horripilado.
Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.
Íbamos al teatro.
—¡Oh qué horror!—decía mi don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejor en su vida.—¡Aquí no hay teatros!