Pero Dios que no se olvida nunca de los suyos, aunque ellos se olviden de El, lo había dispuesto de otro modo: no bien se había leído el último renglón del decreto del notario, cuando se oyó en la calle un espantable ruido.

—Esto son tiros—exclamó Cuadrado, que era el único que alguna vez los había oído desde lejos.

—¡Tiros!—dijo el Presidente,—¿a que estamos ganando una batalla sin saber una palabra?...

—No corremos ese riesgo—entró gritando el portugués;—sálvense Vuestras Excelencias, sálvense: aquí quedo yo, que soy portugués y basto para cien casteçaos. Os perdono—dijo entonces volviéndose a los que ya entraban,—os perdono, casteçaos; daos, que no os quiero matar.

Pero ya en esto, diez y nueve robustos contrabandistas habían entrado a dar sus diez y nueve votos en la Junta, y echándose cada uno un argumento a la cara: ¡Viva Isabel II! dijeron. Hacíase cruces el Presidente, escondíase debajo de la banqueta el excelentísimo señor Ministro de Hacienda, tapaba el notario de reinos el acta, no salía el tartamudo de la p... inicial de perdón, y hacían los demás un acto de traición con más miedo del infierno que amor de Dios. El labriego sólo era el que bendecía su estrella, y quien, echando mano de un cordel que para otros usos traía, dispuso a la Junta en forma de traílla; la cual en la misma, y más custodiada que tabaco en rama, por los diez y nueve votos de contrabando que habían levantado la sesión, se entró por los términos de España, a las voces del portugués, que casi desde Castel-o-Branco les gritaba todavía en mal castellano:

—No tenhan miedo Vuestras Excelencias, aunque los aforquen los casteçaos; que yo en acabando de pelear aquí por Su Majestad don Miguel I, que es cosa pronta, he de pasar la raya; y o me llevo allá al emperador Carlos V, o me traigo acá a Castilla.

NADIE PASE SIN HABLAR AL PORTERO
o
LOS VIAJEROS EN VITORIA

¿Por qué no ha de tener España su portero, cuando no hay casa medianamente grande que no tenga el suyo? En Francia eran antiguamente los suizos los que se encargaban de esta comisión; en España parece que la toman sobre sí algunos vizcaínos. Y efectivamente, si nadie ha de pasar hasta hablar con el portero, ¿cuándo pasarán los de allende si se han de entender con un vizcaíno? El hecho es, que desde París a Madrid no había antes más inconveniente que vencer que 365 leguas, las landas de Burdeos y el registro de la puerta de Fuencarral. Pero hete aquí que una mañana se levantan unos cuantos alaveses (Dios los perdone) con humor de discurrir, caen en la cuenta de que están en la mitad del camino de París a Madrid, como si dijéramos estorbando, y hete aquí que exclaman:

—Pues qué, ¿no hay más que venir y pasar? Nadie pase sin hablar al portero.

De entonces acá cada alavés de aquéllos es un portero, y Vitoria es un cucurucho tumbado en medio del camino de Francia: todo el que viene entra; pero hacia la parte de acá está el fondo del cucurucho, y fuerza es romperle para pasar.