Pero no ocupemos a nuestros lectores con inútiles digresiones. Amaneció en Vitoria y en Álava uno de los primeros días del corriente, y amanecía poco más o menos como en los demás países del mundo; es decir, que se empezaba a ver claro, digámoslo así, por aquellas provincias, cuando una nubecilla de ligero polvo anunció en la carretera de Francia la precipitada carrera de algún carruaje procedente de la vecina nación. Dos importantes viajeros, francés el uno, español el otro, envuelto éste en su capa, y aquél en su capote, venían dentro. El primero hacía castillos en España, y el segundo los hacía en el aire, porque venían echando cuentas acerca del día y hora en que llegar debían a la villa de Madrid, leal y coronada (sea dicho con permiso del padre Vaca). Llegó el veloz carruaje a las puertas de Vitoria, y una voz estentórea, de estas que salen de un cuerpo bien nutrido, intimó la orden de detener a los ilusos viajeros.
—¡Hola, eh!—dijo la voz,—nadie pase.
—¡Nadie pase!—repitió el español.
—¿Son ladrones?—dijo el francés.
—No, señor—repuso el español asomándose—son de la aduana.
Pero ¿cuál fue su admiración cuando, sacando la cabeza del empolvado carruaje, echó la vista sobre un corpulento religioso, que era el que toda aquella bulla metía? Dudoso todavía el viajero, extendía la vista por el horizonte por ver si descubría alguno del resguardo; pero sólo vio otro padre al lado y otro más allá, y ciento más, repartidos aquí y allí como los árboles en un paseo.
—¡Santo Dios!—exclamó:—¡cochero! este hombre ha equivocado el camino; ¿nos ha traído usted al yermo o a España?
—Señor—dijo el cochero,—si Álava está en España, en España debemos estar.
—Vaya, poca conversación—dijo el padre, cansado ya de admiraciones y asombros:—conmigo es con quien se las ha de ver usted, señor viajero.
—¡Con usted, padre! ¿Y qué puede tener que mandarme Su Reverencia? Mire que yo vengo confesado desde Bayona, y de allá aquí, maldito si tuvimos ocasión de pecar, ni aun venialmente, mi compañero y yo, como no sea pecado viajar por estas tierras.