—Calle—dijo el padre,—y mejor para su alma. En nombre del Padre, y del Hijo...

—¡Ay Dios mío!—exclamó el viajero, erizados los cabellos,—que han creído en este pueblo que traemos los malos y nos conjuran.

—Y del Espíritu Santo—prosiguió el padre;—apéense y hablaremos.

Aquí empezaron a aparecer algunos facciosos y alborotados, con un Carlos V cada uno en el sombrero por escarapela.

Nada entendía a todo esto el francés del diálogo; pero bien presumía que podía ser negocio de puertas. Apeáronse, pues, y no bien hubo visto el francés a los padres interrogadores:

—¡Cáspita!—dijo en su lengua, que no sé cómo lo dijo,—¡y qué uniforme tan incómodo traen en España las gentes del resguardo, y qué sanos están, y qué bien portados!

Nunca hubiera hablado en su lengua el pobre francés.

—¡Contrabando!—clamó el uno—¡contrabando!—clamó el otro; y—¡contrabando!—fue repitiéndose de fila en fila.

Bien como cuando cae una gota de agua en el aceite hirviendo de una sartén puesta a la lumbre, álzase el líquido hervidor, y bulle, y salta, y levanta llama, y chilla, y chisporrotea, y cae en el hogar, y alborota la lumbre, y subleva la ceniza, espelúznase el gato inmediato que descansado junto al rescoldo dormía, quémanse los chicos, y la casa es un infierno; así se alborotó, y quemó, y se espeluznó y chilló la retahíla de aquel resguardo de nueva especie, compuesto de facciosos y de padres, al caer entre ellos la primera palabra francesa del extranjero desdichado.

—Mejor es ahorcarle—decía uno,—y servía el español al francés de truchimán.