—¡Cómo ha de ser mejor!—exclamaba el infeliz.
—Conforme—respondía uno,—veremos.
—¿Qué hemos de ver—clamaba otra voz,—sino que es francés?
Calmose, en fin, la zalagarda; metiéronlos con los equipajes en una casa, y el español creía que soñaba y que luchaba con una de aquellas pesadillas en que uno se figura haber caído en poder de osos, o en el país de los caballos, o Houinhoins, como Gulliver.
Figúrese el lector una sala llena de cofres y maletas, provisiones de comer, barriles de escabeche y botellas, repartidas aquí y allí, como suelen verse en las muestras de las lonjas de ultramarinos. ¡Ya se ve! era la intendencia. Dos monacillos hacían en la antesala, con dos voluntarios facciosos, el servicio que suelen hacer los porteros de estrado en ciertas casas, y un robusto sacristán, que debía ser el portero, de golpe los introdujo. Varios carlistas y padres registraban allí las maletas, que no parecía sino que buscaban pecados por entre los pliegues de las camisas, y otros varios viajeros tan asombrados como los nuestros, se hacían cruces como si vieran al Diablo. Allá en un bufete, un padre, más reverendo que los demás, comenzó a interrogar a los recién llegados.
—¿Quién es usted?—le dijo al francés, y el francés, callado, que no entendía. Pidiósele entonces el pasaporte.
—¡Pues! francés—dijo el padre...—¿Quién ha dado ese pasaporte?
—Su Majestad Luis Felipe, rey de los franceses.
—¿Quién es ese rey? Nosotros no conocemos a la Francia, ni a ese don Luis. Por consiguiente, este papel no vale. Mire usted—añadió entre dientes,—si no habrá algún sacerdote en todo París que pueda dar un pasaporte, y no que nos vienen ahora con papeles mojados! ¿A qué viene usted?
—A estudiar este hermoso país—contestó el francés con aquella afabilidad tan natural en el que está debajo.