—¿A estudiar, eh? Apunte usted, secretario: estas gentes vienen a estudiar: me parece que los enviaremos al tribunal de Logroño...

—¿Qué trae usted en la maleta? Libros... pues... Recherches sur... al sur ¿eh? este Recherches será algún autor de marina: algún herejote. Vayan los libros a la lumbre. ¿Qué más? ¡Ah! una partida de relojes, a ver... London... este será el nombre del autor. ¿Qué es esto?

—Relojes para un amigo relojero que tengo en Madrid.

De comiso—dijo el padre—y al decir de comiso, cada circunstante cogió un reloj, y metiósele en la faltriquera. Es fama que hubo alguno que adelantó la hora del suyo para que llegase más pronto la del refectorio.

—Pero señor—dijo el francés,—yo no los traía para usted...

—Pues nosotros los tomamos para nosotros.

—¿Está prohibido en España el saber la hora que es?—preguntó el francés al español.

—Calle—dijo el padre—si no quiere que se le exorcice;—y aquí le echó la bendición por si acaso.

Aturdido estaba el francés, y más aturdido el español.

Habíanle entre tanto desvalijado a éste dos de los facciosos que con los padres estaban, hasta del bolsillo, con más de tres mil reales que en él traía.