—¿Y usted, señor de acá?—le preguntaron de allí a poco,—¿qué es? ¿quién es?

—Soy español y me llamo don Juan Fernández.

—Para servir a Dios—dijo el padre.

—Y a Su Majestad la reina nuestra señora—añadió muy complacido y satisfecho el español.

—A la cárcel—gritó una voz;—a la cárcel—gritaron mil.

—Pero, señor, ¿por qué?

—¿No sabe usted señor revolucionario, que aquí no hay más reina que el señor don Carlos V, que felizmente gobierna la monarquía sin oposición ninguna?

—¡Ah! yo no sabía...

—Pues sépalo, y confiéselo, y...

—Sé y confieso, y...—dijo el amedrentado dando diente con diente.