—¿Y qué pasaporte trae? También francés... Repare usted, padre secretario, que estos pasaportes traen la fecha del año 1833. ¡Qué de prisa han vivido estas gentes!
—¿Pues no es el año en que estamos? ¡Pesi a mí?—dijo Fernández, que ya estaba a punto de volverse loco.
—En Vitoria—dijo enfadado el padre, dando un porrazo en la mesa,—estamos en el año 1.º de la cristiandad, y cuidado con pasarme de aquí.
—¡Santo Dios! en el año 1.º de la cristiandad. ¿Conque todavía no hemos nacido ninguno de los que aquí estamos?—exclamó para sí el español.—¡Pues vive Dios que esto va largo!
Aquí se acabó de convencer, así como el francés, de que se había vuelto loco, y lloraba al hombre y andaba pidiendo su juicio a todos los santos del Paraíso.
Tuvieron su club secreto los facciosos y los padres, y decidiéronse por dejar pasar a los viajeros: no dice la historia por qué; pero se susurra que hubo quien dijo que, si bien ellos no reconocían a Luis Felipe, ni le reconocerían jamás, podría ocurrir que quisiera Luis Felipe venir a reconocerlos a ellos, y por quitarse de encima la molestia de esta visita, dijeron que pasasen, mas no con sus pasaportes, que eran nulos evidentemente por las razones dichas.
Díjoles, pues, el que hacía cabeza sin tenerla:
—Supuesto que ustedes van a la revolucionaria villa de Madrid, la cual se ha sublevado contra Álava, vayan en buen hora, y cárguenlo sobre su conciencia: el gobierno de esta gran nación no quiere detener a nadie; pero les daremos pasaportes válidos.
Extendióseles en seguida un pasaporte en la forma siguiente: