—¡Braulio eres!—le dije.
Al oírme suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle, y pónenos a entrambos en escena.
—¡Bien, mi amigo! Pues ¿en qué me has conocido?
—¿Quién pudiera ser sino tú?...
—¿Has venido ya de tu Vizcaya?
—No, Braulio, no he venido.
—¡Siempre el mismo genio! ¿Qué quieres? es la pregunta del español. ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¿Sabes que mañana son mis días?
—Te los deseo muy felices.
—Déjate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan, pan, el vino, vino; por consiguiente, exijo de ti que no vayas a dármelos, pero estás convidado.
—¿A qué?