—A comer conmigo.

—No es posible.

—No hay remedio.

—No puedo—insisto temblando.

—¿No puedes?

—¡Gracias!

—¿Gracias? ¡Vete a paseo! Amigo, como no soy el duque de F... ni el conde de P...

—¿Quién se resiste a una sorpresa de esa especie? ¿Quién quiere parecer vano?

—No es eso, sino que...

—Pues si no es eso—me interrumpe,—te espero a las dos; en casa se come a la española, temprano. Irá mucha gente; tendremos al famoso X., que nos improvisará de lo lindo; T. nos cantará de sobremesa una rondeña con su gracia habitual; y por la noche, J. cantará y tocará alguna cosilla.