Aquí me echó el hombre una ojeada de arriba abajo, de estas que arrebañan a la persona mirada; de éstas que van acompañadas de un gesto particular de los labios; de éstas que no se ven sino entre los majos del país.

—Nadie es más que yo, don caballero o don lechuga; si no acomoda, dejarlo. ¡Mire usted con lo que se viene el seor levosa! A ver, chico, saca un bombé nuevo; ¡ahí en el bolsillo de mi chaqueta debo tener uno!

Y al decir esto, salió una mujer y dos o tres mozos de cuadra; y llegáronse a oír cuatro o seis vecinos y catorce o quince curiosos transeúntes; y como el calesero hablaba en majo y respondía en desvergonzado, y fumaba y escupía por el colmillo, e insultaba a la gente decente, el auditorio daba la razón al calesero, y le aplaudía y soltaba la carcajada, y le animaba a seguir: en fin, sólo una retirada a tiempo pudo salvarnos de alguna cosa peor, por la cual se preparaba a hacernos pasar el concurso que allí se había reunido.

—¿Entre qué gentes estamos?—me dijo el extranjero asombrado.—¡Qué modos tan raros se usan en este país!

—¡Oh! es casual—le respondí algo avergonzado de la inculpación,—y seguimos nuestro camino.

El día había empezado mal, y yo soy supersticioso con estos días que empiezan mal: acaban peor.

Tenía mi amigo que arreglar sus papeles, y fue preciso acompañarle a una oficina de policía.

—¡Aquí verá usted—le dije—otra amabilidad y otra finura!

La puerta estaba abierta y naturalmente nos entrábamos; pero no habíamos andado cuatro pasos, cuando una especie de portero vino a nosotros, gritándonos:

—¡Eh, hombre! ¿a dónde va usted? ¡fuera!