—Este es pariente del calesero—dije yo para mí.

Salimos fuera, y sin embargo, esperamos el turno. Vamos, adentro.

—¿Qué hacen ustedes ahí parados?—dijo de allí a un rato para darnos a entender que ya podíamos entrar.

Entramos, saludamos, nos miraron dos oficinistas de arriba abajo, no creyeron que debían contestar al saludo, se pidieron mutuamente papel y tabaco, echaron un cigarro, nos volvieron la espalda, y a una indicación mía para que nos despachasen, en atención a que el Estado no les pagaba para fumar sino para despachar los negocios:

—Tenga usted paciencia—respondió uno,—que aquí no estamos para servir a usted. A ver—añadió dentro de un rato,—venga eso—y cogió el pasaporte y lo miró.—¿Y usted quién es?

—Un amigo del señor.

—¿Y el señor? algún francés de esos que vienen a sacarnos los cuartos.

—Tenga usted la bondad de prescindir de insultos, y ver si está ese papel en regla.

—Ya le he dicho a usted que no sea insolente si no quiere usted ir a la cárcel.

Brincaba mi extranjero, y yo le veía dispuesto a hacer un disparate.