—Amigo, aquí no hay más remedio que tener paciencia.

—¿Y qué nos han de hacer?

—Mucho y malo.

—Será injusto.

—¡Buena cuenta!

Logré, por fin, contenerle.

—Pues ahora no se le despacha a usted; vuelva usted mañana.

—¿Volver?

—Vuelva usted, y calle usted. Vaya usted con Dios.

Yo no me atrevía a mirar a la cara a mi amigo.