Hallábase con su gente este general en su posición, y recibió aviso de que se acercaba a más andar el enemigo.

—Mi general—le dijo su edecán,—¡el enemigo!

—¿El enemigo, eh?—preguntó el general.—Déjele usted que se acerque.

—¡Señor, que ya se le ve!—dijo de allí a un rato el edecán.

—Cierto, ¡ya se le ve!

—¿Y qué hacemos, mi general?—añadió el edecán.

—Mire usted—contestó el general, como hombre resuelto,—mande usted que le tiren un cañonazo, veremos cómo lo toma.

—¿Un cañonazo, mi general?—dijo el edecán.—Están muy lejos aún.

—No importa, un cañonazo he dicho—repuso el general.

—Pero, señor—contestó el edecán despechado,—un cañonazo no alcanza.