—¿No alcanza?—interrumpió furioso el general con tono de hombre que desata la dificultad,—¿no alcanza un cañonazo?

—No, señor, no alcanza—dijo con firmeza el edecán.

—Pues bien—concluyó su excelencia,—que tiren dos.

Eso decimos por acá. Darle un actor malo al público a ver cómo lo toma. ¿No alcanza, no gusta? darle dos.

Menos diré, por consiguiente, que tanto los nuevos como los viejos creen que su oficio es oficio de memoria, y que puede asegurarse sin escrúpulo de conciencia que los más dicen sus papeles, pero no los hacen, porque acaso nuestros actores se lleven la idea de un loco que vivía en Madrid, no hace mucho, solo en su cuarto y sin consentir comunicación con su familia. Movido de los ruegos de ésta, fuele a visitar un amigo, y en el desorden de su cuarto notó entre otras cosas que no debía de hacer nunca su cama; tal estaba ella de malparada.

—¿Pero es posible, señor don Braulio—le dijo el amigo al loco,—es posible que ni ha de consentir usted que hagan su cama, ni la ha de hacer usted, ni?....

—No, amigo, no; es mi sistema.

—¿Pero qué sistema?

—Tengo razones.

—¿Razones?